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MEDICINA
Mentiras de bata blanca
Somehow your motives are impure,
or somehow I can't find the cure.
Dire Straits, One World
En 1990 el recién creado Subcomité para la Investigación del Fraude Científico de la Fundación Nacional de la Ciencia estadounidense comenzaba su informe con la siguiente frase: "Isaac Newton, Galileo Galilei, Gregor Mendel... tienen algo en común... todos ellos se han comportado como científicos poco serios y honestos a lo largo de sus brillantes carreras". El libro de William Broad y Nicholas Wade "Traidores de la verdad" (Betrayers of Truth) añade a la lista los nombres de Tolomeo, Dalton o Millikan.
Los delitos de estos fundadores de la Ciencia fueron variados: plagio, manipulación de datos o de resultados experimentales para que se ajusten a la teoría, presentación de experimentos que nunca fueron realizados, etc. Sin embargo, pocos de estos engaños invalidan las grandes teorías que, por otra parte, han sido confirmadas mediante miles de experimentos válidos. Estos descubrimientos contribuyen únicamente a desmitificar las figuras de los grandes científicos. Todos somos humanos, y todos somos culpables de pequeñas mentirijillas.
Las increíbles cifras de Mendel
Gregor Mendel, estaba sin duda convencido de que sus pobres resultados experimentales no iban a resultar suficientemente convincentes para que los naturalistas de su época aceptaran sus teorías (de hecho, ni siquiera sus inspiradas manipulaciones cumplieron esta difícil tarea, ya que su obra fue olvidada durante medio siglo, hasta que fue redescubierta en 1900). La estadística no estaba muy desarrollada en 1865, de modo que Mendel no imaginó que sus datos, ajustados artificialmente a su teoría, podrían resultar posteriormente sospechosos, precisamente a causa de su perfecto ajuste. Por ejemplo, en un experimento de herencia de un carácter dominante, cuyo resultado debería ser de 75% de guisantes amarillos y 25% de verdes, Mendel afirmó haber obtenido, en sus 8023 ejemplares, 6022 amarillos (75.06%) y 2001 verdes (24.94%). Cualquier investigador actual se dará cuenta de que semejante exactitud es imposible en cualquier experimento biológico. O bien Mendel amañó deliberadamente los resultados, o bien fue culpable de una falta menor, por otra parte muy común entre los científicos, que consiste en dejar de contar cuando los datos que se han obtenido hasta ese momento cumplen las expectativas previas.
Pero la prueba definitiva del delito de fraude de Mendel proviene de sus experimentos relativos a la herencia simultánea de varios caracteres. Por ejemplo, teniendo en cuenta dos caracteres dominantes e independientes (el color y la rugosidad de la semilla, por ejemplo), la teoría de Mendel afirma que se deberían de obtener en la segunda generación de guisantes unos números de individuos diferentes de cada grupo que estuvieran en la relación 9:3:3:1. Los resultados de Mendel se ajustan maravillosamente a esta proporción, lo que sirvió como demostración de su tercera ley. Sin embargo, los genetistas de los años 30 se dieron cuenta de que estos caracteres debían de heredarse de forma conjunta (o ligada), puesto que se encuentran en el mismo cromosoma (en tiempos de Mendel no se habían descubierto los cromosomas ni se conocía nada sobre genética molecular), por lo que resulta físicamente imposible que se obtuvieran las proporciones de 9:3:3:1 correspondientes a genes independientes. De hecho, los genetistas usan la proporción en que dos caracteres distintos se heredan de forma conjunta para calcular la distancia a la que se localizan estos dos genes en un mismo cromosoma. Los experimentos de Mendel fueron repetidos en la década de 1940, y se comprobó que el monje austríaco había falseado los datos. De los siete caracteres que Mendel estudió, y que presentó como independientes, tres de ellos se localizan en el cromosoma número 4, y dos de ellos en el cromosoma 1. Sólo dos de ellos eran realmente independientes. El guisante tiene un total de 7 cromosomas, y la probabilidad de que siete caracteres tomados al azar pertenezcan cada uno de ellos a un cromosoma, y sean realmente independientes, es de 1 entre 163. Mendel falseó sus datos para que se cumpliera su teoría, para poder convencer (sin éxito) a sus colegas contemporáneos. Afortunadamente, esta teoría ha sido revisada y ampliada en la actualidad, y es la base de una Ciencia bien establecida y cuyos resultados han sido espectaculares.
Freud y el Hombre de los Lobos
Las teorías psicoanáliticas de Sigmund Freud han sido repetidamente criticadas como carentes de rigor científico y, de hecho, ya fueron calificadas así en su tiempo. Aunque hoy sabemos que muchas de las enfermedades psicológicas poseen una base fisiológica y que se pueden tratar mediante fármacos, en tiempos de Freud la única terapia conocida era el psicoanálisis. El autor sabía perfectamente que publicar casos de pacientes que habían sido curados mediante su psicoterapia era la única forma de que sus teorías fueran tomadas en serio por la Ciencia.
El caso más famoso de curación expuesto por Freud fue el del "Hombre de los Lobos", a quién el psicólogo vienés designaba mediante sus iniciales: S.P. El paciente sufría una grave afección neurótica, que le impedía valerse por sí mismo, con pesadillas recurrentes acerca de unos lobos que aparecían encaramados a un árbol frente a la ventana de su dormitorio. Freud hizo una interpretación muy elaborada de este sueño, afirmando que provenía del trauma que sufrió S.P. a la edad de dos años, cuando observó a sus padres "realizar un coito por detrás repetido tres veces, y pudo ver los genitales de la madre y el miembro del padre, comprendiendo la esencia de la cosa y su significado". Según Freud, cuando comunicó al paciente el origen de su problema, este se curó completamente y pudo llevar una vida absolutamente normal desde entonces.
Sin embargo, la historia verdadera es muy distinta. La periodista Karin Obholzer pudo rastrear al hombre de los lobos en Viena, en los años setenta. Su nombre real era Sergei Pankejeff. No sólo no se había curado nunca, sino que su estado había empeorado paulatinamente, a pesar de haber sido tratado por otros muchos psicoanalistas, hasta su muerte en 1978. Pankejeff cobraba un sueldo mensual, a cargo de la Fundación Sigmund Freud, quienes le habían enviado sumas de dinero regularmente, desde el momento en que expresó su deseo de viajar a Estados Unidos, con el propósito de mantenerlo oculto en Viena, para que no se hiciera público el fraude. Así mismo, Pankejeff reconoció que en 1971 había sido presionado por la psicoanalista Muriel Gardiner para escribir un libro de memorias, "El hombre lobo, por el hombre lobo", con el fin de demostrar que Freud había logrado curar a una persona gravemente enferma.
Aunque no cabe duda de que las teorías de Freud nos han enseñado bastante sobre la estructura profunda de la mente y la existencia del inconsciente, su utilidad terapéutica deja bastante que desear. Sin duda, el recurrir al fraude institucionalizado, no sólo por parte del mismo Freud, sino también de sus seguidores, no ayuda mucho a aportar credibilidad a los defensores del Psicoanálisis.
Burt y los gemelos inexistentes
Otro famoso fraude en el campo de la Psicología, y posiblemente el que mayores consecuencias a tenido a nivel de política educativa, afectando a las vidas de millones de personas, fue el perpetrado por el británico Cyril Burt, psicólogo seguidor de las ideas eugenésicas de Francis Galton y máximo defensor del carácter hereditario de la inteligencia humana.
Burt publicó sus estudios sobre gemelos en los años 50 y 60. La idea era localizar parejas de gemelos idénticos, que hubieran sido separados en su infancia, habiendo vivido en ambientes completamente diferentes desde entonces. Burt pudo localizar 21 pares de estos gemelos para su primer artículo, de 1955, y comprobó que sus coeficientes de inteligencia se correlacionaban perfectamente. Es decir, la inteligencia era innata, de origen genético, y prácticamente no estaba influida por el ambiente en el que se hubiera criado el individuo. En sucesivos artículos, el número de pares de gemelos estudiados se elevó hasta 53. Burt publicó estos últimos artículos en colaboración con dos investigadoras hasta entonces desconocidas, Miss Howard y Miss Conway, quienes enviaban regularmente artículos y cartas a las revistas de las cuáles Burt era editor, casi siempre para aportar nuevos datos que servían como apoyo y confirmación de las teorías de Burt.
Cyril Burt adquirió un prestigio enorme a lo largo de su vida. Fue el primero en ocupar una cátedra de Psicología en Inglaterra, y el primer psicólogo en ser nombrado caballero y miembro de la Royal Society. Sus ideas acerca de la heredabilidad de la inteligencia influyeron decisivamente en la política educativa británica. Se estableció un test de inteligencia obligatorio para todos los alumnos a la edad de 11 años, y a los que obtenían una escasa puntuación no se les permitía acceder al bachillerato ni a la universidad, siendo obligatoriamente relegados a oficios manuales. El examen no fue abolido hasta 1969. Los múltiples fraudes de Sir Cyril Burt no fueron revelados hasta después de su muerte. Se comprobó entonces que Burt no sólo se había inventado descaradamente los datos relativos a las 53 parejas de gemelos (posiblemente no había estudiado realmente ni una sola de estas parejas en su vida), sino que también se había inventado a sus colaboradoras, Miss Howard y Miss Conway. Nadie con esos nombres trabajó jamás en las universidades en las que Burt dijo que trabajaban. Burt también intentó atribuirse la invención de la técnica del Análisis Factorial, ideada por Spearman, tras la muerte de éste en 1945. Esta reivindicación estaba apoyada por un desconocido psicólogo francés, Jacques Lafitte, presuntamente inventado también por el propio Burt. Las ideas de Burt hoy están completamente desacreditadas. Como vemos, a veces, el prestigio de los científicos no es más perdurable que un ídolo con pies de barro.
Ciencia con un rotulador
En 1974, William T. Summerlin, un prometedor científico del Instituto de Investigación Contra el Cáncer Sloan-Kettering (posiblemente el centro de investigación oncológica más importante del mundo) asombró a la comunidad médica haciendo público su método revolucionario para evitar el rechazo de los trasplantes de piel. El problema no era ni mucho menos trivial. Decenas de grandes investigadores (entre ellos, el premio Nobel Peter Medawar) habían estado trabajando durante décadas en el problema sin hallar una solución. Por alguna razón desconocida, los injertos de piel son extremadamente susceptibles a desencadenar la reacción inmunitaria, por lo que todos los intentos de cubrir zonas dañadas (por quemaduras, por ejemplo) con piel procedente de donantes distintos al propio paciente son inútiles, y el trasplante sufre rápidamente necrosis. La única posibilidad es realizar injertos con trozos de piel sana del propio paciente, que tarda semanas en regenerarse, aumentando así la probabilidad de infección.
Summerlin anunció a bombo y platillo que había solucionado el problema del rechazo, mediante la sencilla técnica de sumergir el injerto de piel en una solución nutritiva durante unos días, antes de efectuar la operación. Así lo comunicó a su superior, el reconocido inmunólogo Robert A. Good, mostrando orgulloso un par de ratones blancos que habían sido trasplantados con parches cuadrados de piel procedente de ratones negros, así como un conejo que había sido sometido a una operación de trasplante de ambas córneas, con éxito rotundo. Good no se dio cuenta de nada, pero los asistentes del laboratorio rápidamente detectaron que los parches de piel negra habían sido cuidadosamente pintados por Summerlin, con un rotulador negro normal y corriente, sobre el pelo del lomo de los ratones blancos. El conejo que había presentado como evidencia no había sido operado jamás, y los vasos sanguíneos de sus córneas estaban intactos, lo que sería imposible si hubiera sido trasplantado.
Summerlin fue inmediatamente suspendido de su empleo. Reconoció que había utilizado la "técnica del rotulador" ante la presión por parte de su jefe para obtener resultados. Posteriormente, se puso de manifiesto que Good había exhortado a Summerlin para que comunicara sus resultados a la prensa antes de confirmarlos con más experimentos. Good, finalmente, también dimitió de su puesto de director del Instituto Sloan-Kettering (uno de los honores más grandes que puede alcanzar un investigador médico), y la reputación del Instituto, hasta entonces intachable, quedó dañada para siempre.
Fraude y suicidio
La técnica del rotulador no es nueva. En la década de 1920, el biólogo austríaco Paul Kammerer fue culpable o víctima (posiblemente nunca llegaremos a saberlo) de un fraude parecido. Kammerer intentaba demostrar experimentalmente el lamarckismo, es decir, la herencia de los caracteres adquiridos, una teoría que casi todos los biólogos occidentales habían desestimado por falta de evidencia experimental, a favor de la evolución darwiniana y la genética mendeliana. La excentricidad de Kammerer y su pasión por los anfibios y reptiles eran tales que puso a su única hija el nombre de Lacerta, el nombre latino de las lagartijas.
Kammerer había obligado a vivir en el agua a varios machos de sapo partero. Los sapos que se reproducen en el agua presentan habitualmente unas almohadillas nupciales de color negro en sus patas delanteras, que les sirven para sujetarse al resbaladizo cuerpo de la hembra durante el apareamiento. Los sapos parteros, que normalmente se reproducen en tierra, no las presentan, pues no les hacen ninguna falta. Kammerer pretendía demostrar que las almohadillas nupciales aparecerían en los sapos después de muchas cópulas en el agua, y que se podrían transmitir a su descendencia. Pronto Kammerer anunció al Mundo su descubrimiento. Las almohadillas nupciales habían aparecido, y habían sido heredadas por la descendencia. Lamentablemente, después se descubrió que las almohadillas habían sido simuladas mediante una inyección subcutánea de tinta china en las patas de los sapos. Se ignora si Kammerer fue el perpetrador del fraude o fue víctima de uno de sus ayudantes. Tras perder toda la credibilidad y el respeto del que había gozado, Paul Kammerer se suicidó en 1926.
Sanadores, curanderos y otros estafadores
No es infrecuente que timadores carentes absolutamente de todo rigor científico consigan hacerse millonarios vendiendo supuestas curas milagrosas a pacientes desahuciados. Posiblemente uno de los más famosos impostores de este tipo fue Franz Mesmer. Mesmer fue el artífice de la mayor moda de los años 1780, el magnetismo animal. Su doctrina no era muy diferente a la de muchos cultos modernos y apóstoles de la "Nueva Era". Afirmaba que un fluido único permeaba todos los cuerpos del Universo, incluidos los seres vivos. En estos últimos recibía el nombre de magnetismo animal. Cuando este fluido se bloqueaba o desequilibraba, sobrevenía la enfermedad, y la cura requería un restablecimiento del equilibrio mediante el uso de imanes, o gracias simplemente a la fuerza mental de curadores entrenados (entre los cuáles, por supuesto, el más poderoso era el propio Mesmer).
La fama de Mesmer se hizo tan peligrosa que el rey Luis XVI organizó una comisión para su estudio, con el fin de comprobar si sus ideas eran válidas o se trataba tan sólo de una sarta de mentiras. Los miembros de la comisión no podían ser más ilustres, y en pocas ocasiones la historia ha reunido un conjunto tan impresionante de mentes científicas. Los nombres de los miembros más famosos de la Comisión Real son los de Antoine de Lavoisier y Benjamin Franklin. El informe de la comisión, fechado en 1784, continúa siendo hoy día uno de los más grandes trabajos a favor de la racionalidad y el escepticismo científico, dando cuenta de los resultados de una serie de experimentos perfectamente diseñados, que terminaron por desacreditar definitivamente a Mesmer. El nombre de Mesmer sobrevive, sin embargo, en el vocablo mesmerismo, que sirve para designar a las técnicas de curación mediante hipnosis.
Muchos otros farsantes sanadores han aparecido desde Mesmer. Por ejemplo, el nombre de Serge Voronoff resulta hoy poco conocido, pero a comienzos del siglo XX se hizo rico y famoso por su pretensión de que podía alargar la vida de sus pacientes mediante la realización de trasplantes de fragmentos de testículos de mono. Respaldado por una buena campaña publicitaria, que incluía fotos trucadas, y por una cuidadosa selección de pacientes ricos y saludables, a los que nunca trasplantaba nada, pese a cobrarles una cuantiosa factura, Voronoff gozó de gran fama. Su aspecto juvenil, logrado a base de secretas intervenciones de cirugía estética, y el hecho de haberse casado con una joven 50 años menor que él, facilitaba su tarea. Su muerte "prematura" en 1951, a la temprana edad de 85 años, acabó con su reputación, con su fama y con su negocio, dejando perplejos a sus seguidores, ya que siempre había anunciado en público, con gran seguridad, que sus funerales no se celebrarían antes del año 2000.
Benveniste y la Homeopatía
El caso de Jacques Benveniste bien podría clasificarse junto con el resto de sanadores y timadores fraudulentos. Defensor acérrimo de la Homeopatía, convulsionó al mundo científico en 1988 al publicar un artículo en la prestigiosa revista Nature, en el cuál demostraba que el agua destilada, en la cuál se habían diluido cantidades homeopáticas de un anticuerpo, era capaz de producir los mismos efectos en los glóbulos blancos que las disoluciones concentradas del propio anticuerpo. Esta era la primera vez que la teoría homeopática quedaba demostrada, un hito comparable a la demostración de la Relatividad o de la validez de la Mecánica Cuántica.
La Homeopatía, teoría desarrollada en el siglo XIX por Samuel Hahnemann, afirma que las disoluciones extremadamente diluidas de distintos venenos sirven como medicina para curar las enfermedades que producen esos mismos venenos. En sus comienzos, qué duda cabe de que la Homeopatía presentaba ventajas sobre los remedios de la medicina convencional (que en aquella época consistían fundamentalmente en sangrías, purgantes y "remedios" tales como el arsénico, el mercurio o el plomo). Indudablemente, muchas enfermedades remiten espontáneamente, y era más probable que el paciente sobreviviera si se le daba una cucharada de agua destilada que si se le administraba una onza de mercurio mezclada con plomo. Sin embargo, en nuestra época de antibióticos, operaciones a corazón abierto y farmacología de diseño, la validez de la Homeopatía deja mucho que desear y, de hecho, sólo puede "demostrarse" su utilidad en enfermedades psicosomáticas, en donde la cura se produce sin duda por efecto placebo.
Sin embargo, existen investigadores empeñados en demostrar la validez de los remedios Homeopáticos, financiados y presionados por las empresas que fabrican estos remedios y que mueven miles de millones de pesetas a base de vender ampollas de agua destilada y comprimidos de lactosa y azúcar. En el laboratorio de Jacques Benveniste y sus colaboradores, los criterios de escepticismo y meticulosidad a la hora de realizar los experimentos y de aceptar la validez de los resultados son muy diferentes a los empleados habitualmente por los grupos de investigación convencionales.
Debido al revuelo que se formó a raíz de la publicación del artículo en Nature, una comisión de investigadores fue enviada al laboratorio de Benveniste para comprobar la validez de los experimentos. Rápidamente se puso de manifiesto que uno de los ayudantes de Benveniste hacía trampa, y utilizaba en una de las etapas del experimento un frasco que contenía una disolución concentrada del anticuerpo en donde tenía que haber tan sólo agua destilada. Como cabe esperar, los experimentos, repetidos esta vez con agua destilada pura, fueron un absoluto fracaso. El resultado de Benveniste fue desacreditado completamente entre los científicos convencionales.
Los tiempos están cambiando... ¿Se desmoralizó Benveniste tras su inevitable desenmascaramiento? ¿Acaso fue expulsado de su centro de investigación? Todo lo contrario. La publicidad que obtuvo a raíz del asunto hizo que sus ingresos aumentaran, y que las compañías de Homeopatía le confiaran sus proyectos de investigación provistos de presupuestos de cientos de millones. Aún continúa intentando buscar demostraciones de la validez de sus teorías. Uno de sus últimos resultados, publicado en un reciente congreso, demuestra que la memoria del agua no sólo es capaz de transmitirse misteriosamente, sin necesidad de mezcla física, de un frasco a otro situado en sus cercanías en el estante del laboratorio, sino que puede transmitirse a través de Internet, si ponemos un frasco de disolución homeopática cerca de un módem que se encuentre en comunicación con otro módem situado a miles de kilómetros de distancia, en las cercanías del cuál se encuentre el frasco de agua destilada al cuál se pretenden transferir sus propiedades. La credibilidad de los pseudo-científicos y de sus seguidores es prácticamente infinita.
Ernest Krebs y el Laetril
Uno de los últimos fraudes médicos de los que hemos tenido ocasión de ser testigos es el relacionado con el Laetril, también denominado "Amigdalina" o "Vitamina B-17". El Laetril es un compuesto químico de origen natural que se extrae a partir de los huesos de albaricoque, melocotón y otras frutas. Las almendras amargas lo contienen en grandes cantidades, de donde procede su nombre de "Amigdalina" (amígdala significa almendra en latín). En los años 70 tuvo una efímera fama, porque alguien corrió el rumor de que era un tratamiento eficaz para curar diversos tipos de cáncer. Los rumores afirmaban que el Laetril era una molécula necesaria que debía ser ingerida en la dieta (de ahí su calificación como "Vitamina B-17") y que su carencia era la principal causa de la aparición del cáncer, que se convertiría así en una enfermedad de carácter carencial fácilmente curable, como el escorbuto o la anemia. El rumor estaba respaldado por las investigaciones del "famoso bioquímico Krebs", quien había descubierto la Vitamina B-17 hacía 30 años. En realidad, el descubridor se llama en efecto Ernest Krebs, y su apellido es, por una coincidencia accidental, el mismo que el de Sir Hans Krebs, el famoso bioquímico descubridor del conocido Ciclo de Krebs, y cuya fama fue empleada para dar credibilidad a los rumores del Laetril.
Después se comprobó que el Laetril no sólo era completamente ineficaz como cura anticancerígena sino que, al descomponerse, podía desprender cianuro, que podía ocasionar graves intoxicaciones. Muchos de los 178 voluntarios enfermos de cáncer, que fueron sometidos a las pruebas controladas, dirigidas por investigadores del Instituto Nacional del Cáncer, en 1981, presentaron síntomas de envenenamiento por cianuro, y ninguno de ellos mejoró su enfermedad, por lo que su uso fue prohibido por la FDA estadounidense (Administración para los Alimentos y los Medicamentos). Quedó completamente prohibido importar Laetril de otros países y comercializarlo en los Estados Unidos. El Laetril no era un medicamento milagroso, sino un peligroso veneno. Sin embargo, muchos embaucadores sin escrúpulos siguen vendiendo Laetril por Internet, a elevados precios.
Qué duda cabe de que la Ciencia sólo puede permanecer inmune a estos delincuentes si sus métodos continúan siendo intachables. Basta una pequeña mácula en el comportamiento de los científicos, como el caso de los ratones de Summerlin, para que los timadores oportunistas lo esgriman como arma a su favor. Los fraudes pueden parecer insignificantes o sin consecuencias, pero estas consecuencias pueden llegar a ser inesperadas. Sólo manteniendo la integridad ética de los científicos podrá la Ciencia seguir gozando de sus elevadas tasas de credibilidad, tan necesarias en esta época dominada por los medios de comunicación de masas. Hoy, más que nunca, es absolutamente necesario perseguir activamente el fraude científico, y desenmascarar rápidamente a los estafadores que se aprovechan de la falta de conocimientos científicos del público.
Autor: Owen Wangensteen | 2001

