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BIOTECNOLOGÍA

La amenaza del terrorismo biológico

Ocurrió durante el frío Enero de 1917, mientras toda Europa se convulsionaba por culpa de la más sangrienta guerra que la Humanidad hubiera conocido hasta entonces. En el otrora tranquilo y helado pueblo de Karasjok (Noruega), en la región fronteriza de Finnmark, la policía detiene a un insólito personaje. Se trata del Barón Otto Karl von Rosen, noble de linaje alemán, sueco y finés. Entre su equipaje: unas latas de conserva etiquetadas "Svea kot" (carne sueca) que contienen en realidad 4 kilos de dinamita, unas botellas de curare, algunos cultivos microbianos no identificados y diecinueve terrones de azúcar de forma irregular. En el interior de cada azucarillo, yace oculto un tubito de vidrio que contiene un líquido mortal: un cultivo de Bacillus anthracis, la bacteria causante del carbunco (el mal traducido ántrax que se ha hecho tan tristemente célebre en nuestros telediarios).


Esta es posiblemente la primera noticia que tenemos acerca del terrorismo biológico. El Barón Rosen nunca consiguió su propósito, que presumiblemente consistía en hacer enfermar de carbunco a los renos empleados para transportar armas procedentes de Inglaterra a través del Norte de Noruega. En realidad, no está nada claro que pudiera haberlo logrado jamás, incluso si no hubiera sido detenido y expulsado del país por las autoridades noruegas. Se ignora si los renos devoran el azúcar con tanta ansiedad como hacen los caballos. Además, el carbunco no se transmite de un animal a otro, ni de un ser humano a otro. Aunque su misión hubiera tenido éxito, el resultado apenas hubiera sido una veintena de renos muertos, aparte del hecho de pasar a la historia como el primer terrorista biológico que el Mundo ha conocido.


Nada nuevo bajo el Sol

En realidad, el uso de armas biológicas no es algo nuevo. Ya en el siglo VI a.C., los asirios usaron el cornezuelo del centeno , un hongo que destruye las cosechas de cereales, para envenenar los pozos de sus enemigos. En época más reciente, durante las guerras franco-indias (1754-1767), los colonos ingleses repartieron mantas que habían sido usadas por enfermos de viruela entre la población india, provocando epidemias que aniquilaron a más de la mitad de la población de las tribus afectadas. En 1797, Napoleón intentó provocar una epidemia de paludismo en la sitiada Mantua, con resultados mucho menos exitosos.

Sin embargo, dejando atrás estos primeros intentos, la manipulación más o menos eficaz de armas biológicas y el desarrollo de nuevas amenazas no tuvieron lugar hasta la Segunda Guerra Mundial, con el advenimiento de las técnicas modernas de cultivos microbiológicos y la manipulación genética de organismos. Desde entonces, ha existido un continuo flujo de información entre los biólogos civiles y militares. La guerra ha sido históricamente un importante acicate para la innovación científica, y la Biología, la ciencia que más avanzó durante la segunda mitad del siglo XX, no podía ser ajena a este hecho. Los descubrimientos realizados con el honesto fin de curar las enfermedades de la población amiga también podían emplearse para provocar las mismas enfermedades, y otras incluso peores, en las filas del enemigo.

El uso de armas biológicas fue proscrito, junto con el de armas químicas, en 1925 por la convención de Ginebra, tras la lección aprendida durante la Gran Guerra. La prohibición fue ampliada en 1972, en un tratado firmado por la práctica totalidad de los países del Mundo, entre ellos Irak y la Unión Soviética. Sin embargo, países como Estados Unidos o la Unión Soviética han promovido programas activos de investigación en armas biológicas. El programa estadounidense terminó oficialmente en 1970, tras lo cuál la investigación estadounidense sólo puede aplicarse a la defensa contra agresiones externas. La Unión Soviética no concluyó la fabricación de armas biológicas ofensivas hasta su desintegración a principios de los 90. Irak ha sido el único país que ha reconocido haber empleado armas biológicas tras el tratado, durante la guerra contra Irán (1980-1988), aunque se cree que en la actualidad, al menos diecisiete países disponen de un programa de desarrollo de armas biológicas en activo, sin contar, por supuesto, la imprevisible y siempre presente amenaza de los grupos terroristas.


Bacillus anthracis, la madre de todas las amenazas

El bacilo del carbunco es el arma biológica por excelencia. Fue el primer organismo en ser empleado como arma, se ha fabricado y empleado en mayor cantidad que ninguna otra, y ha sido el que ha provocado más muertes, ya sean debidas a ataques terroristas, o a escapes accidentales de las instalaciones propias.

Conocido también como ántrax, el carbunco es una terrible enfermedad infecciosa del ganado, que puede afectar al hombre ocasionalmente, si está en contacto con material contaminado. Tradicionalmente, ha afectado a los ganaderos y a los empleados de la industria de la lana o de la piel . La infección se produce debido al contacto con las esporas del microorganismo, que se encuentran en estado latente en los suelos de todo el mundo, y pueden sobrevivir en el suelo o en los productos animales, como la lana o el cuero, durante décadas . Sin embargo, el carbunco no es una enfermedad especialmente contagiosa, y la propagación de persona a persona es prácticamente inexistente, aunque no se tome ninguna precaución.

Existen tres tipos de carbunco, el cutáneo, el pulmonar y el gastrointestinal. De todos ellos, el más frecuente es el cutáneo, que se caracteriza por la formación de llagas y escaras en la piel que ha sido puesta en contacto con las esporas. El carbunco pulmonar es el más peligroso, y se produce cuando las esporas llegan a infectar las vías respiratorias al encontrarse en forma de aerosol (en suspensión en el aire). La forma gastrointestinal es muy poco frecuente, y se produce por ingestión de comida contaminada con gran cantidad de esporas y cocinada deficientemente, generalmente con consecuencias letales.

El Bacillus anthracis se puede destruir simplemente empleando penicilina. No se conocen en la naturaleza cepas resistentes a este antibiótico. Otros antibióticos empleados con mayor eficacia aún son la doxiciclina y el ciprofloxacino. Pese a la gran alarma generada en los últimos tiempos por los medios de comunicación, la forma cutánea de carbunco es relativamente benigna. Si la enfermedad no se trata con ningún antibiótico, la mortalidad es sólo de un 20%, y las escaras desaparecen por sí solas al cabo de unas dos semanas, sin dejar marcas permanentes. Si se trata con penicilina, la mortalidad se reduce prácticamente a cero.

El caso del carbunco pulmonar es bien distinto. La infección afecta de forma violenta a los pulmones, reproduciéndose las bacterias en los ganglios linfáticos hasta que éstos se rompen y comienzan a sangrar. Inicialmente, los síntomas son como los de una simple gripe, lo que dificulta el diagnóstico, pero en el plazo de 2 a 5 días puede sobrevenir la muerte, que ocurre en un 90% de los casos, si la enfermedad no es tratada.

El mayor desastre producido por el bacilo del carbunco ocurrió en 1979, cuando un escape de aerosol conteniendo esporas en la base militar soviética de Sverdlovsk produjo una epidemia de carbunco pulmonar que afectó a 79 trabajadores de la base, de los cuáles 68 murieron en el plazo de unos pocos días, a pesar de habérseles suministrado un tratamiento combinado mediante antibióticos, inmunoglobulina específica, corticosteroides y ventilación mecánica. Sin embargo, se dice que la cepa de Bacillus anthracis producida por los soviéticos había sido transformada mediante ingeniería genética, de forma que era resistente a los antibióticos. La manipulación de armas biológicas puede llegar a ser tan peligrosa para el que las produce como para las futuras víctimas.

Los intentos premeditados de emplear las esporas del carbunco con fines terroristas no han sido tan exitosos como el escape fortuito de los soviéticos. En 1995, el grupo terrorista japonés Aum Shinrikyo ("La Verdad Suprema"), dispersó aerosoles conteniendo esporas de carbunco y toxina botulínica en varias estaciones del Metro de Tokio en, al menos, ocho ocasiones. Los ataques fueron un rotundo fracaso, ya que, a pesar de haberse liberado durante horas punta en la ciudad más densamente poblada del planeta, no se produjo ni un solo caso de enfermedad. La secta japonesa había aislado presumiblemente las bacterias a partir de muestras de suelo recogidas en la isla japonesa de Hokkaido, lo que demuestra que no es necesaria una gran infraestructura para comenzar un programa de armas biológicas, pero sí para que las armas producidas resulten eficaces.

En cuanto a los recientes ataques producidos en la Costa Este de los Estados Unidos durante octubre y noviembre de 2001, en total, se han contabilizado 23 casos hasta el 21 de Noviembre, 11 de ellos de carbunco pulmonar. De éstos últimos, 5 concluyeron con la muerte del paciente afectado. La cepa empleada es resistente a la penicilina, y la tecnología usada para la dispersión del aerosol de esporas es similar a la empleada por Estados Unidos durante la década de 1960, por lo que se sospecha que el ataque, aún no reivindicado y que, por fortuna, parece haber entrado ya en su fase final, procede de grupos terroristas estadounidenses, presuntamente de extrema derecha.

Existen varias vacunas eficaces contra el carbunco. La primera fue desarrollada por el propio Pasteur en el siglo XIX, y consistía en células atenuadas por el calor. La forma empleada por los Estados Unidos para vacunar a los soldados de su ejército es un extracto libre de células que data de 1970. Unas 600.000 dosis de vacuna contra el carbunco han sido administradas a soldados estadounidenses para protegerlos contra posibles ataques. Sin embargo, una campaña masiva de vacunación para toda la población resultaría prohibitiva e inadecuada, dados el alto coste de producción y la pequeña probabilidad de infección existente entre la población general.

Teniendo en cuenta todas estas consideraciones, los costes de un ataque masivo con esporas del carbunco, del tipo que podrían llevar a cabo las fuerzas armadas de un país o un grupo terrorista con una buena infraestructura, serían inmensos. En 1993, un comité de expertos del Congreso estadounidense determinó que un ataque con 100 kg de aerosol en Washington D.C. produciría entre 130.000 y 3 millones de muertes, un poder destructivo similar al de una bomba de hidrógeno. Según estimaciones económicas, un ataque de estas características supondría un coste, en atención médica, de 26.200 millones de dólares (4.7 billones de pesetas) por cada 100.000 personas afectadas.


Toxina botulínica, muerte en estado concentrado

La segunda amenaza biológica en importancia es la toxina botulínica, una proteína segregada, entre otros microorganismos , por la bacteria Clostridium botulinum. Clostridium es una bacteria anaerobia estricta que habita en el suelo de todas las partes del planeta, de donde puede ser aislada sin mucha dificultad. La ingestión de toxina botulínica, o de células vivas de Clostridium botulinum, que producen la toxina al llegar al intestino, origina una enfermedad denominada botulismo. El botulismo no es una infección, sino una intoxicación, por lo que no resulta contagioso en absoluto. Suele ocurrir de forma natural al ingerir alimentos en conserva defectuosamente preparados , sobre todo conservas caseras de verduras, carne o pescado.

La estructura de la toxina botulínica es capaz de resistir los ácidos del estómago y ser absorbida por el intestino, de donde pasa a la sangre, y llega al sistema nervioso. La toxina botulínica se une de forma irreversible a las proteínas que facilitan la liberación de acetilcolina, el principal neurotransmisor de las uniones neuro-musculares, impidiendo así su funcionamiento y la transmisión del impulso nervioso entre las neuronas y los músculos. Por ello, la toxina botulínica se clasifica como neurotoxina. Los síntomas incluyen visión doble, parálisis simétrica de todos los miembros, dificultades para hablar y para tragar alimentos, y por último, parálisis respiratoria, lo que ocasiona la muerte en un plazo de unas 48 a 72 horas tras la ingestión.

El botulismo no sería muy diferente de otras intoxicaciones alimentarias, si no fuera porque la toxina botulínica es la sustancia más tóxica que se conoce. Un solo gramo de toxina botulínica cristalizada, adecuadamente dosificada, dispersada en los alimentos o en el agua, o inhalada en forma de aerosol, bastaría para matar a más de un millón de personas.

La toxina botulínica es difícil de emplear en forma de aerosol, por lo que su uso como arma biológica estrictamente militar (por ejemplo, para acabar con un ejército en combate) es bastante limitado. Sin embargo, su altísima toxicidad podría hacerla especialmente apropiada para un ataque terrorista destinado a asesinar a una gran parte de una población civil. Por ejemplo, diseminándola en los depósitos de agua de una ciudad o en una partida de comida envasada en una fábrica. En realidad, su uso en depósitos de agua posiblemente no tendría mucho éxito, ya que los tratamientos potabilizadores del agua la destruyen rápidamente. El ozono y el cloro (en la cantidad presente en el agua corriente) la descomponen en unos minutos. La toxina también es sensible a la temperatura, y se destruye al calentar a 85 ºC durante 5 minutos.

En la actualidad, el botulismo, diagnosticado a tiempo, no es una enfermedad necesariamente mortal. El índice de mortalidad ha disminuido desde un 70% a principios del siglo XX hasta un 6% en la década de 1990. El éxito del tratamiento se debe al desarrollo de una antitoxina eficaz, un anticuerpo de origen equino que se une a la toxina botulínica, inactivándola. Si se suministra la antitoxina a tiempo, el paciente tiene una alta probabilidad de sobrevivir, y la recuperación de la movilidad y de la transmisión del impulso nervioso, gracias a la producción de nuevas terminaciones nerviosas, suele ocurrir en un plazo comprendido entre dos semanas y varios meses. No obstante, el grado de severidad depende de la cantidad de toxina ingerida.

La historia del uso bélico de la toxina botulínica se remonta a la década de 1930, cuando el Grupo de Armas Biológicas del ejército japonés (la tristemente célebre Unidad 731) admitió haber administrado toxina botulínica a prisioneros durante la ocupación de Manchuria. La primera arma biológica producida por el ejército estadounidense fue la toxina botulínica. Alemania también disponía de ella durante la Segunda Guerra Mundial, aunque se supone que nunca llegó a emplearla. Ken Alibek, uno de los responsables del programa de armas biológicas soviético, admitió que su país había intentado la estremecedora idea de introducir el gen de la toxina botulínica en otras cepas de bacterias más infecciosas y resistentes que el Clostridium botulinum. La cuestión sobre si tuvieron éxito o no permanece en secreto. Los miles de litros de toxina botulínica producidos y almacenados por el régimen de Sadam Hussein fueron oficialmente destruidos por los observadores de la ONU tras el fin del Conflicto del Golfo Pérsico. No se poseen datos fiables acerca de si, en la actualidad, grandes cantidades de toxina botulínica permanecen en los arsenales biológicos de algunos países, pero cabe esperar que así sea.


Otras amenazas

Además de los ya comentados, al menos una veintena de otros organismos: bacterias, virus y hongos, poseen características que los podrían hacer adecuados para su uso como armas biológicas. Entre ellos se encuentran bacterias que puedan producir enfermedades rápidamente letales y muy infectivas, como la Yersinia pestis, agente de la terrible peste bubónica, o que resulten extremadamente infecciosas, como la Francisella tularensis, causante de la enfermedad llamada tularemia, que es posiblemente el microorganismo más infectivo que se conoce.

Los virus también son una posibilidad a tener en cuenta. El virus de la viruela, erradicado oficialmente en 1977, se ha convertido en un posible candidato. La campaña de vacunación terminó hace más de 25 años, por lo que un brote de viruela liberado intencionadamente podría provocar la destrucción masiva. La viruela es una de las enfermedades más letales que se conocen, altamente infectiva, con una mortalidad de alrededor de un 30% y sin ningún tratamiento conocido.

Tras la erradicación de la viruela, se destruyeron todos los cultivos de virus que se guardaban en los laboratorios de todo el mundo, excepto en los del CDC de Atlanta (Estados Unidos) y los del Instituto de Preparaciones Virales de Moscú, que se conservaron, con el consentimiento de la OMS, para posibles fines científicos. El soviético Ken Alibek reconoció que a partir de 1980, la Unión Soviética se embarcó en un programa destinado a producir cepas del virus de la viruela aún más letales e infectivas. Este programa es posible que continúe incluso hoy en los laboratorios militares rusos.

Otros virus aún más sanguinarios, como los de las fiebres hemorrágicas de Ébola o de Marburgo, son otros posibles candidatos a destructores masivos. Se trata de organismos enormemente peligrosos, que han sido causantes de brotes aislados en los cuáles han muerto cientos de personas en el plazo de unos pocos días. Son tan peligrosos que cualquier manipulación, incluso en las condiciones más cuidadosas, supone un elevado riesgo de muerte. El personal sanitario se infecta frecuentemente al cuidar a los pacientes afectados por el virus de Ebola. Durante el primer brote que se produjo en Zaire en 1976, todas las personas que fueron contagiadas al manipular jeringas o agujas, murieron. En total murieron, en menos de dos meses, 280 de las 318 personas que contrajeron la enfermedad. Cifras parecidas se volvieron a repetir durante los brotes de 1980 y de 1995. En la actualidad, no se tienen datos sobre el uso militar de estos potentes asesinos, los más sanguinarios productos de la evolución.

Sólo nos cabe esperar que el sentido común de la humanidad se imponga sobre su afán destructivo. El mundo quizás pueda soportar la vergüenza internacional producida por algunos casos de carbunco, pero seguramente sería incapaz de resistir la destrucción masiva que el cine nos ha mostrado en películas como Doce Monos o telefilmes como Apocalipsis. Esperemos que, al menos en esta ocasión, la ficción sea capaz de superar a la realidad.

Autor: Owen Wangensteen | 2001

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