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CIENCIAS DE LA TIERRA

Troya, una ciudad entre dos aguas

En la historia de las civilizaciones antiguas, mito y realidad se confunden y es difícil establecer cuánto hay de verdad en los relatos que llegan hasta nuestras manos. Troya, la mítica ciudad griega y cuna del esplendor clásico, es un claro ejemplo. Tras la localización, a finales del siglo XVIII, de lo que podrían ser sus ruinas, numerosos científicos se han unido en torno a ella en un estudio multidisciplinar para conocer su entorno, su evolución y, en definitiva, su historia.


Los griegos y los romanos situaban la antigua ciudad de Troya al sur del estrecho de Dardanelos, en la Península de Anatolia. Para ellos no cabía duda de dónde estaba la que había sido el núcleo comercial y, en gran medida, cultural del Egeo. Sin embargo, en el Renacimiento, los grandes sabios de la época empezaron a plantear ciertas dudas sobre su localización. De hecho, en el siglo XVIII empezó a cuestionarse si Troya había existido realmente o era sólo un mito.

Para rebatir esas ideas con pruebas irrefutables, un comerciante alemán, Heinrich Schliemann, estudió a fondo la obra de Homero - la Iliada y la Odisea - y otros clásicos tratando de determinar, con la mayor precisión posible, la situación de Troya. Y aparentemente lo consiguió... En 1873 logró coordinar una serie de excavaciones en la colina de Hissarlik que dieron como resultado el hallazgo de algo más que simples ruinas: una serie de asentamientos fortificados situados al sur de los Dardanelos y que, según se demostró, coincidían plenamente con las descripciones y la cronología estimada a partir de los documentos conservados. Sucesivas excavaciones permitieron comprobar que las ruinas correspondían a nueve ciudades superpuestas (llamadas Troya I, Troya II,.... y Troya IX), la más antigua de las cuales databa del año 3000 a.C. El hallazgo realizado por aquel humilde comerciante embarcado en la aventura de la investigación arqueológica tiró por tierra los argumentos de los más escépticos académicos sobre la inexistencia de la ciudad.

Pese a todo, en 1980 todavía había quienes seguían dudando de la existencia real de Troya y de la veracidad de las obras de la Iliada y la Odisea, considerándolas pura mitología. En otras palabras, lo que para unos se perfilaba como una colección de leyendas y relatos de una ciudad indiscutiblemente histórica, para otros no eran más que historias de una ciudad de leyenda sólo existente en la imaginación de Homero y sus coetáneos.


En busca de la ciudad perdida

Desde la óptica de la geología, el análisis de distintos períodos de la historia puede revelar datos de enorme interés. John Kraft, investigador de la Universidad de Delaware (Estados Unidos), ha dedicado los últimos años a estudiar las relaciones entre los principales enclaves arqueológicos e históricos y los cambios ocurridos en la geomorfología costera a lo largo de 10.000 años, centrándose principalmente en las costas de Grecia, Turquía y Delaware. Su trabajo, tan complejo como apasionante, le ha permitido reconstruir en detalle el escenario natural y geográfico en el que se asentó la antigua ciudad de Troya en sus orígenes y cómo se fue modificando con el tiempo.

Por su privilegiada situación, Troya era la que controlaba la entrada al Mar Negro desde el Egeo, ejerciendo un monopolio comercial en la zona que, probablemente, fue el verdadero origen de la guerra emprendida por los griegos contra los troyanos, la histórica Guerra de Troya o Guerra de los Diez Años. Los primeros trabajos del profesor Kraft sobre el enclave de Troya, publicados en 1980 en la revista Science, revelaban que la historia de la ciudad había estado necesariamente asociada al agua. Asentada en el extremo sur de la Península de Anatolia , en el valle delimitado por los ríos Escamandro y Simois en su desembocadura al Egeo, Troya asistió a en el transcurso de cientos de años a la evolución del delta de ambos ríos, que condicionó en gran medida su paisaje y, sin duda, la actividad agrícola y pesquera de la región. Además, su estratégica situación junto al estrecho de los Dardanelos la convirtió en ciudad "puente" entre tres mares, Egeo, Mármara y Negro, claves en el desarrollo político, comercial y cultural de esta región de occidente.

Kraft y otro experto investigador en el tema, Ilham Kayan, estudiaron los depósitos sedimentarios formados por ambos ríos en la zona. Esto les permitió reconstruir las vecindades de Troya y sus cambios durante los últimos 10.000 años. Así comprobaron como los movimientos de las placas tectónicas produjeron en este tiempo una ligera elevación de la Península. En los limos, arenas y sedimentos blandos acumulados en las llanuras del Escamandro, esto se tradujo en una erosión y una deformación irregular en las distintas zonas. El resultado fue la configuración de una topografía sinuosa de valles y cordilleras sobre una meseta de hasta 125 metros de altura sobre el actual nivel del mar. El paisaje se completaba con la figura, 10 km al sur de Troya, de una segunda meseta de 300 metros de altura atravesada por el Río Escamandro, que formaba un escarpado valle de serpenteantes meandros hasta alcanzar la llanura.


Cambios en el paisaje

El paisaje en las inmediaciones de la ciudad, en ese punto de confluencia de las aguas dulces de los ríos y las saladas del Mar Egeo, cambió con mayor velocidad en el transcurso de los más de mil años en los que Troya permaneció habitada. En el año 2600 a.C. Troya era una ciudad costera, rodeada de mar, y probablemente con una importante actividad pesquera. Desde el año 2600 a.C. (Troya I) hasta el año 1250 a.C. se produjo una importante regresión del mar, que había llegado a introducirse hasta unos 15 kilómetros de la línea de la costa años antes, y la tierra avanzó gracias a la sedimentación de materiales y el crecimiento del delta. En esas fechas, a punto de enfrentarse a Grecia en la contienda que pondría fin a su historia, la ciudad se alzaba sobre ese mismo mar en la cima de un promontorio formado por sedimentos depositados durante más de un milenio en su base.

A partir de ahí, la tierra fue ganando terreno y, actualmente, el enclave de lo que fue la ciudad se encuentra a unos kilómetros de la costa. "Es poco probable que en esa zona de delta formada en los 2000 últimos años encontremos algún antiguo asentamiento", subraya Kraft.

En el último congreso de la Sociedad Americana de Geología, celebrado el pasado mes de noviembre en Boston, el investigador presentaba junto a sus colegas los últimos estudios sobre la distribución de sedimentos en la zona y la evolución del aspecto de esta ciudad y su entorno a lo largo de su historia. En concreto, establecían la localización de lo que debió ser el puerto de la ciudad en torno al 1250 a.C., aquel en el que desembarcaron los griegos en su marcha hacia la ciudad de Troya para recuperar a la bella Helena, raptada por Paris. Si Homero se encargó de preservar el épico relato en su Iliada, han sido los científicos quienes nos han "pintado" el escenario en el que ocurrió con todo detalle.

Según sostienen Kraft y otros destacados expertos en la materia, no existe ninguna contradicción entre los datos de las narraciones de la Iliada y la Odisea y los resultados de los estudios geográficos y geológicos realizados en los últimos 20 años. Aunque otros pueden seguir argumentando que, si bien es verosímil, aún no se ha encontrado ninguna prueba lo suficientemente clara como para afirmar de modo definitivo que las ruinas halladas en Hissarlik pertenezcan la antigua Troya...

En cualquier caso, lo que sí parece completamente cierto es que la historia de una ciudad, de su cultura y de sus gentes, es también la historia geológica de los territorios en los que se asienta. Y que la geología tiene aún mucho que decir en temas de historia.

Autor: Elena Sanz | 2001

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