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TOMA LA PALABRA...
... Pedro Gómez Romero
Que vivimos en una sociedad tecnológica y compleja no se le escapa a nadie. Que los avances científicos siembran el camino para el desarrollo de tecnologías impensables hace tan solo un par de generaciones es algo que mucha gente sabe apreciar; y que esas tecnologías cambian radicalmente nuestras vidas se diría que todo el mundo lo admite.
EVOLUCIÓN TECNOLÓGICA
Oteando los vientos de la evolución tecnológica
Que vivimos en una sociedad tecnológica y compleja no se le escapa a nadie. Que los avances científicos siembran el camino para el desarrollo de tecnologías impensables hace tan solo un par de generaciones es algo que mucha gente sabe apreciar; y que esas tecnologías cambian radicalmente nuestras vidas se diría que todo el mundo lo admite. Sin embargo, es muy probable que tengamos que reconocer que no sabemos muy bien cómo afectan dichas tecnologías nuestro modo de vida. ¿Dónde se esconden por ejemplo los famosos materiales superconductores?. ¿Alguien sabría identificar los objetos de su casa que encierran dispositivos basados en el silicio?. Tampoco es evidente cómo llegan ciertas tecnologías al mercado o por qué algunas prevalecen sobre otras.
¿Qué fuerzas mueven nuestra evolución tecnológica?. ¿Fue acaso el tirón del mercado el que motivó la invención de la pila eléctrica que después de 200 años de rodaje impulsa cada vez más lejos al conejito de duracell?. ¿Es realmente inevitable que usemos coches con chimenea?.
De lo anecdótico a lo trascendental, nuestras vidas están cada vez más fuertemente condicionadas por tecnologías de todo tipo cuyo origen quizá alguien conozca, pero cuya implantación se impone a todos. Tecnologías químicas para producir bienes de consumo, electrónica y óptica para comunicarnos, o tecnologías de generación de energía, para mover literalmente nuestro mundo; todas ellas nos incumben y todas las aceptamos bajo el sello de lo cotidiano.
Si alguien piensa que la evolución tecnológica es un proceso bajo control se equivoca. La idea de que nuestra sociedad cuenta con una élite de científicos, ingenieros o expertos en general que llevan las riendas de esa evolución es simplemente falsa. Eso no quiere decir que nuestro desarrollo tecnológico sea caótico o descontrolado. Es evidente que los productos, procesos y tecnologías concretas con los que contamos son fruto de planificaciones, de grandes esfuerzos concertados. Pero lo que se nos escapa no son estos procesos concretos, sino las complejas interrelaciones, más allá de las leyes reduccionistas del mercado, que hacen que una determinada tecnología sea posible y viable, que siga un cauce u otro, o que acabe prevaleciendo sobre otra. En ese sentido concreto, la evolución tecnológica no es tan diferente de la evolución biológica y está sujeta a las fuerzas contrapuestas del azar y la necesidad. Pero a pesar de la profunda influencia que nuestra herencia tecnológica tiene y tendrá sobre nuestro futuro, parecemos dispuestos a dejarla a merced de los vientos de la rentabilidad económica. Rentabilidad, ¿para quién?.
Urge analizar y comprender los mecanismos de nuestra evolución tecnológica. Hacen falta muchos más científicos y tecnólogos dedicados a un desarrollo integral y sostenible, también gente que vigile, por ejemplo, las consecuencias medioambientales de nuestros nuevos productos y procesos, por bien intencionados e inocuos que sean. Aunque sólo sea por razones egoístas y de pura supervivencia, se está empezando a hacer ineludible pensar en cómo evolucionar hacia un mundo más equilibrado y justo, dedicar más medios a comprender y mejorar nuestra imbricación en el planeta que nos aloja. Pero además de comprender es necesario pasar la voz.
La necesidad de la divulgación
El conocimiento científico y el desarrollo tecnológico nunca han estado abiertos al público. Ni ahora, ni hace cincuenta años, ni en la época de Newton ni en la Grecia clásica. Pero el siglo XX ha marcado una diferencia trascendental. El siglo de Einstein ha sido testigo de un crecimiento científico y tecnológico incesante; un impresionante desarrollo que ha dado lugar a un impacto de la ciencia y la tecnología en nuestra sociedad como nunca antes se había dado. Y ahí está la diferencia. Nuestras vidas como individuos nunca han estado tan vertiginosamente ligadas al desarrollo de las mismas tecnologías que alimentan nuestro crecimiento colectivo. En esta sociedad industrializada es difícil encontrar algún aspecto de nuestra vida cotidiana que no se vea influenciado por tecnologías enraizadas en la ciencia desarrollada durante los últimos cien años. Y esa influencia abarca desde detalles minúsculos de nuestra vida privada hasta fenómenos de escala global.
Si partimos de la premisa de que un ciudadano bien informado es la mejor base para una sociedad democrática, entonces es evidente que los ciudadanos de hoy y del futuro tendrán que tomar conciencia del poder (y también de las limitaciones) de la ciencia, de los logros y de la responsabilidad que conlleva una sociedad tecnológicamente avanzada, de cómo el desarrollo tecnológico no es garantía por sí solo para evitar un mundo polarizado entre ricos y pobres. Para ello es necesario que la gente sepa cómo funciona la ciencia, que conozca los caminos del descubrimiento, los mecanismos de evolución de la tecnología de los que hablábamos antes, que sea consciente de lo que los científicos pueden hacer y lo que no. En definitiva en nuestra sociedad del siglo XXI la divulgación científica se está empezando a perfilar como una primera condición necesaria, como un principio o punto de partida para el crecimiento de una sociedad tecnológica que realmente aspire a ser democrática.
Nuestra evolución a vista de platillo volante
¿Hacia dónde se dirige nuestra sociedad tecnológica?.
De dónde venimos y hacia dónde vamos son un par de esas preguntas eternas difíciles de responder desde dentro, unas de esas cuestiones en las que los árboles no dejan ver el bosque. Nada mejor por tanto, para apreciar el sentido de nuestra propia evolución, que contemplarla con perspectiva, como desde fuera, a vista de platillo volante. Desde el espacio nuestra Tierra se contempla, como Carl Sagan nos hizo ver, como un tenue punto azul pálido, integrado en un universo en evolución constante que nos hace herederos de su historia, desde el big-bang hasta nuestra evolución cultural y tecnológica, pasando por la forja de las estrellas, la formación del planeta y la aparición de vida y de consciencia, etapas todas ellas de un proceso de metaevolución en el que la propia evolución de la materia evoluciona de forma sorprendente, un proceso en el que las reglas del juego de la autoorganización material se van complicando a medida que emergen nuevas propiedades colectivas de la materia, dando lugar a seres tan contingentes como hermosos, hasta desembocar, en nuestro enorme rincón del universo, en una sociedad consciente y tecnológica capaz de mirar atrás y comprender. Se trata de una sociedad que está adquiriendo rápidamente tamaño y carácter globales y que se ve actualmente en una encrucijada tecnológica en la que la ciencia y su divulgación tendrán que jugar un papel fundamental para consolidar nuestra evolución hacia un mundo más equilibrado y justo.
Autor: Pedro Gómez Romero. Investigador del Instituto de Ciencia de Materiales de Barcelona (CSIC) | 2001