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CIENCIA, GENTES E HISTORIAS
Lázaro Cárdenas y los científicos del exilio español en México
Dos acontecimientos ocurridos en estas últimas semanas, la colocación de un busto del Lázaro Cárdenas en la ciudad de Alcalá de Henares y la publicación en México de un libro sobre "Los científicos del exilio español en México" me llevan este mes a recordar a quien, como Presidente de México, tanto ayudó a los españoles que tuvieron que exiliarse y a exaltar la labor que el colectivo de científicos realizó en aquella república.
El final de la guerra
En 1939, al finalizar la guerra civil española con la derrota militar republicana, muchos españoles debieron de exiliarse. Su número es difícilmente evaluable, aunque algunos autores dan la cifra de medio millón como la de los españoles que se expatriaron. Entre ellos, ciudadanos de todas las edades, condiciones y colectivos. Uno de estos colectivos, el de los científicos, se diseminó por países europeos, norteafricanos y americanos, siendo sobre todo México el país que con mayor decisión les acogió y ayudó. A la postre, también resultaría el más beneficiado de la labor docente e investigadora -formadora en general- que los exiliados españoles llevaron a cabo.
La república mexicana, que estaba presidida desde finales de 1934 por el general Lázaro Cárdenas, vivía -al final la contienda española- uno de los momentos de mayor esplendor de su joven historia como país independiente. El gobierno impulsaba un proyecto sexenal de desarrollo, que comprendía de 1934 a 1940, mediante el que se quería consolidar la independencia y autonomía del país. Cárdenas, ese mexicano de excepción -como lo define Martínez de la Vega- defendió en los foros internacionales el deber de los países miembros de sostener y ayudar al gobierno legítimo español y dio ordenes a su gobierno de organizar la llegada de los exiliados.
La acogida en México
Tras la contienda, en los buques Sinaia, Ipanema y Mexique llegaron las primeras expediciones colectivas de exiliados a México y, en ellos, un contingente elevado de profesores, profesionales y técnicos. Pero fue después de la llegada del patriarca de los naturalistas españoles y reputado entomólogo Ignacio Bolívar Urrutia (1850-1944) cuando, todos ellos, sintieron la necesidad de reiniciar los trabajos de investigación. Bolívar recibió pruebas inequívocas de la alta estima que se le tenía en el continente americano. Así, entre otros reconocimientos, la Casa de España -que más tarde pasaría a ser la Casa de México- le llamó a su seno, la Sociedad Mexicana de Historia Natural le nombró socio honorario y la Universidad Nacional de México profesor honorario y doctor honoris causa.
Junto a Ignacio Bolívar llegó su hijo Cándido, que al poco tiempo se convertiría en figura de referencia del quehacer científico en México. Otros naturalistas que arribaron a México fueron Dionisio Peláez, Federico Bonet, Enrique Rioja Lo-Bianco, Faustino Miranda y los de Buen (Odón, Fernando y Rafael), pero fueron los médicos, como Isaac Costero, José García Valdecasas y Germán García, además de muchos facultativos, los que llegaron en mayor número. También hubo destacados físicos (Blas Cabrera), matemáticos (Marcelo Santaló), químicos (José Giral -durante unos años presidente de la República española en el exilio- y su hijo Francisco), farmacéuticos (Antonio Madinaveitia), etc, etc.
Los resultados de un trabajo científico compartido
La incorporación, promovida por el gobierno de Cárdenas, de los científicos españoles a los centros de enseñanza e investigación mexicanos -principalmente de la ciudad de México- supuso una aportación de gran importancia a la historia mexicana que en éstos, y otros terrenos, se vio beneficiada por la estrecha colaboración que se entabló entre los científicos de ambos países, hasta el punto de que resulta difícil encontrar una parcela de la vida mexicana que no se viera enriquecida por los refugiados -como allí se les conoce- españoles.
Contribuyeron, de modo decidido, a la reorganización del trabajo intelectual y científico la creación de una serie de organizaciones creadas por los propios exiliados, entre ellas la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero (UPUEE) que, creada en París a los poco meses de terminar la contienda, tuvo su sede posteriormente en La Habana y México D.F.; el Ateneo Español de México; y el Ateneo Ramón y Cajal, asociación de médicos preocupados por la asistencia médica que editó, entre 1941 y 1945, unos Anales de Medicina.
Además, los científicos españoles jugaron un papel preponderante en la creación, y publicación durante varias décadas, de Ciencia. Revista hispano-americana de Ciencias puras y aplicadas de la que Ignacio Bolívar, a punto de cumplir noventa años, fue primer director. Comenzó a publicarse en marzo de 1940, figurando como integrantes de la redacción Cándido Bolívar Pieltain, Isaac Costero y Francisco Giral y en el Consejo de Redacción un total de 88 investigadores, mayoritariamente exiliados españoles en países americanos y autores mexicanos. Luego del fallecimiento de Ignacio Bolívar, el físico Blas Cabrera, que llevaba en México desde 1942, fue nombrado director de la revista. Y tras la muerte de éste, dos años más tarde, Cándido Bolívar pasó a dirigirla. Ciencia fue una revista multidisciplinar, siempre atenta a los últimos avances científicos, que ayudó de manera extraordinaria al adelantamiento científico en la Latinoamérica.
Autor: Alberto Gomis Blanco | 2001