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PALEONTOLOGÍA

Los engaños de la Paleontología

And they found their pleasure in truth,
which they carved in the hearts of men.
But the hearts of men were false.
A waste of time. A waste of breath.
Immaculate Fools. Hearts of Fortune.


Las estafas de la Ciencia

Solemos pensar en la Ciencia como una actividad honesta y honorable. Las afirmaciones científicas han de ser necesariamente creíbles y ciertas, puesto que son inexcusablemente sometidas al más imparcial e infalible de los jueces: el contraste con la realidad. Sin embargo, los científicos son humanos, y muchas veces cometen fallos. Los expertos pueden ser tanto víctimas como culpables de engaños, ideados por diferentes razones, todas ellas malintencionadas.

Algunas de las actividades de la Ciencia pueden llegar a ser bastante lucrativas, y allí donde haya negocio, pueden aparecer los oportunistas sin escrúpulos, dispuestos a hacer dinero fácil empleando el engaño y la estafa. La Ciencia no es, ni mucho menos, inmune a estos timadores y, de hecho, según han constatado algunos estudiosos del tema, como el ilusionista profesional James Randi, engañar a un científico puede llegar a ser incluso más fácil que a cualquier otra persona, si es que el científico es lo suficientemente presuntuoso como para pensar que nadie podría atreverse a intentar embaucarle en su propio terreno. Otras veces son los mismos científicos los que engañan, deseosos de alcanzar rápidamente fama y reconocimiento, o arrastrados por un exceso de confianza en la validez de sus teorías, hasta el punto de inventar resultados experimentales que las avalen, sin duda pensando que el fraude jamás llegará a descubrirse.

Lo que sigue es la historia de tres de estos engaños, extraídos de entre la variada taxonomía que ofrecen las estafas científicas. El primero ocurrió hace tres siglos, el segundo hace cien años, y el tercero convulsionó a la comunidad científica a comienzos del año 2000. Por supuesto, no es mi propósito dar la impresión de que la Ciencia es una maraña de invenciones y falsedades. Al contrario, el poder de la Ciencia como fuente de conocimiento radica en su capacidad para autocorregirse. La mayoría de los timos científicos no resisten el escrutinio de una segunda mirada, y los embaucadores suelen ser desenmascarados tarde o temprano. La principal arma del científico es el escepticismo, que debe usarse tanto para poner a prueba las viejas teorías, originando así nuevas revoluciones científicas, como a la hora de cuestionar los nuevos hallazgos, discriminando entre resultados genuinos y simples fraudes.


¿Fósil o fraude?

La Paleontología es una de las ciencias tradicionalmente más afectadas por la actividad ilícita de los timadores. La razón es sencilla. En las ciencias experimentales, como la Física, las teorías basadas en el engaño no duran mucho, ya que los intentos de reproducir los supuestos resultados fracasan una vez tras otra, desacreditando la falsa teoría. Sin embargo, la Paleontología, por su condición de ciencia histórica, no puede casi nunca ponerse a prueba mediante el diseño de experimentos, sino que debe confiar en el hallazgo, a menudo fortuito, de evidencias fósiles. El hallazgo de un fósil es un hecho único e irrepetible, y algunos ejemplares han sido conservados por la naturaleza gracias al puro azar (por no hablar de la suerte necesaria para que sean encontrados por un paleontólogo). La no repetición de los hallazgos no implica que un fósil único y genuino no sea válido, y algunas teorías paleontológicas se basan en una mínima evidencia fósil. Los engaños paleontológicos sólo pueden ser desacreditados demostrando que la presunta pieza ha sido manipulada con el fin de engañar, y si el falsificador es hábil y la evidencia encaja dentro de las preferencias teóricas del científico, a veces esta demostración tarda años en salir a la luz. Se comprueba que el fraude tiene tantas más posibilidades de triunfar cuanto más coincide con los deseos del científico. Es evidente que los científicos bajan el listón de su escepticismo cuando lo que se les muestra es una pieza crucial que corrobora sus teorías, cuyo hallazgo ha sido deseado durante largos años, incluso aunque la falsificación no supere los mínimos necesarios de credibilidad. Los falsificadores conocen bien este hecho, y saben aprovecharlo en su beneficio.


Las piedras falaces de Beringer

El asunto de las piedras mentirosas es uno de los engaños científicos más famosos, y aparece en todos los libros de texto de Geología, a modo de fábula con moraleja sobre cuál ha de ser la forma correcta de actuar del científico. El protagonista de la historia es J.B.A. Beringer (1667-1740), profesor de medicina en Wurzburgo, que encontró cientos de piedras con hermosos "fósiles" que corroboraban sus teorías acerca de la manufactura divina de los fósiles. Esculpidos en las piedras, sin duda por la sabia (y artística) mano de Dios, aparecían perfectas formas que representaban no sólo animales en actitudes vitales (aves en pleno vuelo, ranas copulando, abejas recolectando néctar, arañas capturando insectos... ¡hasta se habían fosilizado las telarañas!), sino también figuras de cometas y de soles (con sus ojos y su boca), e incluso la firma del artista creador, Jehová, escrita en caracteres hebreos, árabes y latinos. Beringer publicó un tratado interpretando sus hallazgos, las "Lithographiae Wirceburgensis", donde demostraba sin duda que los fósiles no eran restos de antiguos organismos, sino auténtico arte divino. Se dice (aunque esta parte de la historia es apócrifa) que el devoto profesor se dio cuenta de que había sido víctima de un engaño cuando encontró una piedra en la que aparecía su nombre.

Lo cierto es que dos de sus enemigos (J. I. Roderick, profesor de matemáticas, y G. von Eckhart, bibliotecario en la misma universidad) habían hecho tallar las piedras y las habían enterrado en el monte Eivelstadt, donde Beringer solía ir a buscar fósiles, sin duda para ridiculizar al viejo profesor. En 1726, poco después de la publicación de su libro, los dos perpetradores acusaron al propio Beringer de fraude, por lo que éste los llevó a juicio para salvar su honor. El juicio sirvió para esclarecer los hechos, y Roderick fue desterrado del Ducado de Franconia (Eckhart no pudo ser castigado, pues murió poco después del juicio). Beringer dedicó los siguientes años de su vida a intentar comprar todos los ejemplares editados de su libro para destruirlos, tarea inútil, puesto que éste fue reimpreso en 1767, unos años tras su muerte, a petición de sus herederos (que sin duda intuyeron el lucrativo negocio de reeditar esta curiosidad histórica).

El escabroso asunto de Beringer terminó de desacreditar una teoría que estaba ya moribunda, la del origen no orgánico de los fósiles. Encontramos aquí un hecho que se repite a lo largo de la historia. Cuando se desenmascara definitivamente un engaño, la teoría que éste servía para avalar cae inevitablemente en desgracia. La lección que aprenden los científicos es que la teoría en cuestión es tan falsa que sus partidarios deben recurrir al engaño para encontrar hechos que la apoyen, por lo que ni siquiera debería merecer nuestra atención.


El Hombre de Piltdown

Otro célebre fraude paleontológico, en este caso ya en pleno Siglo XX, es la conocida historia del Hombre de Piltdown. A principios del siglo pasado, la Teoría de la Evolución de Darwin iba ganando adeptos, pero aún faltaba por encontrar el proverbial "eslabón perdido", que demostraría sin dejar resquicio para duda alguna que el ser humano descendía de antepasados simiescos. Los evolucionistas llevaban décadas deseando que apareciera el hallazgo crucial. En 1912, semejante hallazgo ocurrió al fin, ¡y en pleno centro de Inglaterra!, en una cantera de grava situada en Piltdown, Sussex.

Charles Dawson, paleontólogo aficionado y recolector de fósiles para el Museo Británico, encontró un cráneo que inequívocamente pertenecía a un homínido, en un terreno que supuestamente databa de comienzos del Pleistoceno (la edad adecuada para encontrar un "eslabón perdido"). Inmediatamente, otros paleontólogos, como A.S. Woodward, W.P. Pycraft y el joven P. Teilhard de Chardin se unieron a las excavaciones, y el Hombre de Piltdown, Eoanthropus dawsonii, pasó a ocupar un lugar de honor en nuestra, por aquel entonces, exigua lista de antepasados. En aquellos años, los restos fósiles de homínidos se reducían a algunos restos de Neanderthal y de Cro-Magnon, que claramente estaban mucho más próximos al hombre moderno que el cráneo hallado en Piltdown. Éste presentaba una mandíbula simiesca, unida a un cráneo con una capacidad cerebral comparable a la del Homo sapiens, es decir, exactamente lo que cabía esperar, según las teorías de la época, para el deseado eslabón perdido.

El Hombre de Piltdown consiguió engañar a los paleontólogos más brillantes de su época durante 40 años, aunque pronto quedó claro que no encajaba con los hallazgos posteriores y genuinos de Australopithecus en Africa y Homo erectus en China. Los antropólogos comenzaron a desconfiar de la veracidad del cráneo de Piltdown, de modo que, armados con las nuevas herramientas de datación (en concreto, la determinación del flúor y del contenido en materia orgánica remanente en los huesos), descubrieron la verdad.

El supuesto fósil era un hábil engaño. Alguien había unido un cráneo de hombre moderno (posiblemente perteneciente a un indio Ona de unos 620 años de antigüedad) con una mandíbula de orangután (de unos 500 años de edad), los había sometido a un proceso de envejecimiento mediante productos químicos y había enterrado el conjunto en la cantera de Sussex, en donde había sido encontrado por Dawson.

Posiblemente, nadie sabrá nunca quién fue el autor del engaño, ni siquiera los motivos por los que se llevó a cabo. Los distintos estudiosos del tema han propuesto como sospechosos a prácticamente todas las personas involucradas de una u otra forma en el hallazgo o en el estudio inicial de los huesos, e incluso a personas relacionadas de refilón con el caso, como el escritor Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, aficionado a la Paleontología (escribió El Mundo Perdido), a los misterios y a las bromas, a la vez que vecino y amigo de Charles Dawson.

Lo cierto es que el fraude de Piltdown consiguió engañar a los científicos porque cumplía todos los requisitos para encajar en la teoría de la época, que suponía que la capacidad craneal del hombre habría aumentado antes de que abandonara su aspecto simiesco. Los hallazgos posteriores vendrían a echar por tierra esta teoría sin ninguna base. La capacidad craneal del Australopithecus era sólo la cuarta parte que la del hombre actual, aunque caminaba perfectamente erguido y tenía ya ese aire inequívocamente humano. La realidad ha demostrado ser exactamente la opuesta a la que pretendía demostrar el fraudulento Hombre de Piltdown.

W.E. le Gros Clark, uno de los científicos que esclareció el fraude en 1953, explicó claramente por qué una falsificación tan burda engañó a los científicos durante décadas: "fue necesario acercarse a los huesos con la hipótesis de un fraude ya en mente, entonces, el engaño se hizo evidente de inmediato". El Hombre de Piltdown nos consiguió engañar por la misma razón que las absurdas piedras talladas de Wurzburgo lograron engañar a Beringer, porque coincidía con nuestras expectativas.


Un fraude emplumado

Y llegamos hasta el caso que ha levantado mayor revuelo en el mundo de la Paleontología en los dos últimos años, especialmente por haber dejado en ridículo a la revista National Geographic. La historia es como sigue.

En febrero de 1999, el paleontólogo Stephen Czerkas, empleado de un pequeño museo privado, encontró en un mercado de Minerales y Fósiles en Arizona, una roca procedente de la provincia de Liaoning, China, que incluía lo que parecía un prometedor fósil de dinosaurio emplumado, uno de los "eslabones perdidos" entre dinosaurios y aves. Consiguió reunir los 80.000 dólares que pedía el comerciante (unos 15 millones de pesetas), y compró el fósil, que llevó a su museo para que fuera sometido, entre otros estudios, a rayos X y a luz ultravioleta. Tras los estudios preliminares, Czerkas declaró que había encontrado una nueva especie de dinosaurio con caracteres aviares, que denominó Archeoraptor liaoningensis, en claro recuerdo al conocido Archaeopteryx, que aún sigue siendo considerada la primera ave, a pesar de que se conoce desde 1861, y al Velociraptor de Parque Jurásico. Sin duda, Czerkas pensaba que había realizado el descubrimiento de su vida. No obstante, el fósil fue datado y resultó ser 25 millones de años más reciente que Archaeopteryx, por lo que ya no tenía el interés de ser el dinosaurio emplumado más antiguo.

Pero los problemas de verdad llegarían pronto. En el número de noviembre de 1999 de National Geographic, C.P. Sloan describía el Archeoraptor, junto con otros dinosaurios emplumados, en un artículo de carácter bastante sensacionalista, titulado "¿Plumas para T. rex?", en el que sostenía que los últimos descubrimientos mostraban que muchos dinosaurios carnívoros podrían haber tenido plumas, y que si Parque Jurásico se hubiera rodado en 1999, incluso el Tyrannosaurus hubiera aparecido emplumado. El caso es que los paleontólogos expertos, en cuanto vieron las fotos publicadas del espécimen fósil de Archeoraptor, enseguida comenzaron a sospechar que se trataba de un engaño, un collage de rocas unidas habilidosamente, en las que el fósil de un pequeño dinosaurio carnívoro sin mayor interés, posiblemente un Dinonicosaúrido, se mezclaba con las plumas fósiles bien conservadas de un ave primitiva, pero mucho más reciente, perteneciente a una especie desconocida. Una segunda mirada a los fósiles, esta vez más cuidadosa, confirmó las sospechas. Archeoraptor no era más que una estafa, probablemente perpetrada por algún habilidoso y bien informado recolector de fósiles chino, que se dio cuenta de que poniendo plumas a su fósil de dinosaurio podía multiplicar por mil su valor en el mercado.


Los creacionistas se aprovechan

En esta era de la información digital, el escándalo corrió como la pólvora, ocupando las primeras planas de los periódicos y los informativos televisivos. Al fin y al cabo, no todos los días se captura in fraganti a National Geographic presentando abiertamente un fraude. Lo que es peor, se corrió el rumor de que los responsables científicos de la revista habían conocido el carácter fraudulento del fósil antes de su publicación y, aún así, habían decidido continuar con el artículo.

Enseguida la historia del engaño fue aprovechada por el movimiento creacionista. Internet está llena de páginas denunciando el fraude de Archeoraptor, como prueba irrefutable de que toda la Evolución es un fraude. Por ejemplo, el Institute for Creation Research emitió un comunicado afirmando que "el fósil es un fraude, jamás existió ningún dinosaurio-ave; el hecho es que los dinosaurios no evolucionaron hasta las aves, y una vez que se conozcan todos los hechos, entonces se sabrá la verdad". Otras asociaciones creacionistas ridiculizaban el fósil llamándolo "Pollo de Piltdown", y se preguntaban si lo próximo que nos mostrarían los paleontólogos sería la "Ballena de Piltdown".


La lección del Pollo de Piltdown y los auténticos dinosaurios emplumados

Este último engaño resulta instructivo en muchos aspectos. En primer lugar, nos muestra la capacidad de reacción de la comunidad científica contemporánea. El Hombre de Piltdown engañó a los científicos durante cuatro décadas, mientras que el fraude de Archeoraptor apenas sobrevivió un par de semanas tras la publicación las fotos. Los paleontólogos hicieron buen uso de su escepticismo, a pesar de que el fósil coincidía perfectamente con las expectativas teóricas. Decenas de expertos se dieron cuenta rápidamente y las nuevas técnicas permitieron esclarecer inmediatamente la estafa.

En segundo lugar, a partir del uso que han hecho los creacionistas de la noticia, podemos observar, una vez más, como demostrar un fraude sirve para desacreditar la ciencia a la que apoya, aunque los científicos no hayan sido los culpables del mismo e incluso aunque hayan sido los propios científicos los que han desenmascarado al timador. Igual que las piedras mentirosas de Beringer desacreditaron la teoría de la creación divina de los fósiles, el "Pollo de Piltdown" ha servido, según los creacionistas, para desacreditar la teoría de la Evolución (también el fraude del Hombre de Piltdown, aún hoy, sigue siendo esgrimido como apoyo a las teorías sobre el origen divino del Mundo; nada mejor que descalificar a tu enemigo para que parezca que te hallas en posesión de la razón). Por supuesto, el razonamiento es absolutamente engañoso: el que una única evidencia resulte ser falsa, no implica que los millones de fósiles encontrados lo sean también, y mucho menos el que las ideas creacionistas sean verdaderas, pero esta sencilla argumentación no se avisa en ningún lado a los lectores de las páginas web creacionistas.

De hecho, a pesar del revuelo que ha levantado el asunto de las plumas, la demostración del fraude de Archeoraptor apenas modifica las ideas actuales sobre el origen de las aves a partir de los dinosaurios. Archeoraptor, pese a las esperanzas de Czerkas, era sólo un ejemplo más, y ni siquiera el más espectacular, el más antiguo o el mejor conservado. Desde hace algo más de una década, paleontólogos de todo el mundo han encontrado evidencias más que suficientes de que muchas especies de dinosaurios tenían plumas. Decenas de géneros de dinosaurios-ave han sido descritos, a partir de cientos de restos fósiles, aunque los creacionistas prefieran ignorarlos y piensen que son también fraudes. Hay evidencia suficiente como para saber que géneros como Bambiraptor, Sinornithosaurus, Beipiaosaurus o Therizinosaurus estaban, total o parcialmente, cubiertos de plumas. Algunos de los hallazgos son impresionantes. Por ejemplo, Therizinosaurus era un monstruo emplumado de 11 metros de longitud. Posiblemente, el artículo de Sloan en National Geographic tenga más razón de lo que ahora piensa el público. Es una lástima que una estafa insignificante haya servido para invalidar, a los ojos del público, una teoría bien fundamentada como es la del origen de las aves a partir de los dinosaurios. Y es triste que los muchos hallazgos sobre auténticos dinosaurios emplumados no lleguen a ser noticias de primera plana, del mismo modo que lo fue la lucrativa estafa de un avispado timador chino.

Hace mucho tiempo que los científicos dejaron de usar el término victoriano "eslabón perdido", porque prácticamente todos los eslabones ya han sido encontrados, y el cambio gradual de unas especies en otras, y de unos grupos animales en otros, está hoy en día bien documentado, a pesar de la ceguera mental de los grupos creacionistas. De hecho, la "Ballena de Piltdown" existe realmente, pero no es, ni mucho menos, un fraude. Su nombre es Ambulocetus natans y se llama así porque era una ballena que podía andar y nadar, del tamaño de un hipopótamo. Se conocen perfectamente las formas de transición desde los Mesoníquidos (mamíferos terrestres del Eoceno) hasta los actuales Cetáceos. Aunque no opinen de esta forma los defensores del Creacionismo, la evidencia de miles de huesos ha de poder más que el leve daño causado por un par de esqueletos unidos con escayola. Un par de fraudes no pueden servir, de ninguna forma, para echar por tierra cientos de años de trabajo bien hecho.

Autor: Owen Wangensteen | 2001

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