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GENÉTICA
Clones naturales
La clonación está de moda. Desde que, en el ya lejano julio de 1996, los científicos del Instituto Roslin comunicaron el nacimiento de Dolly hasta el reciente anuncio (hace dos meses) de los éxitos parciales logrados con embriones humanos, la posibilidad de clonar seres vivos es un tema candente en nuestros telediarios y conversaciones.
Pero producir organismos genéticamente idénticos a otro ya existente, no es algo nuevo en la naturaleza. Muchos seres vivos utilizan esta forma de reproducción asexual para garantizar la perpetuación de su especie. Es posible que, desde el punto de vista de los humanos, nos pueda parecer una opción exótica o aberrante, pero lo cierto es que los clones se dan en la naturaleza con bastante frecuencia, incluso en el seno de nuestra propia especie.
Clones en nuestros jardines
Si el lector desea ver un clon con sus propios ojos, le basta con mirar a cualquier arbolillo de los muchos que crecen en nuestras aceras. El término "clon" procede del griego y significa "rama". Nada más apropiado. Las plantas han estado reproduciéndose por clonación, mediante esquejes, desde hace millones de años, y no les ha ido tan mal. La actividad agrícola humana ha fomentado aún más esta forma de reproducción, con objeto de explotar las ventajas de individuos mutantes con propiedades deseables. Por ejemplo, todos los naranjos que dan frutos sin hueso existentes en el mundo proceden de un único ejemplar mutante que apareció en Brasil a principios del Siglo XX. Los naranjos mutantes sin pepitas no se pueden reproducir, obviamente, mediante semillas. Sólo les queda la clonación, y ésta ha sido empleada por el hombre en su beneficio. Afortunadamente, es mucho más fácil clonar una planta que un animal. Basta cortar un tallo o una rama y plantarlo. En muchos casos, el esqueje enraíza y ya tenemos un individuo nuevo, genéticamente idéntico a la planta de partida.
La mayoría de las plantas posee la interesante característica de ser "organismos sexuales facultativos". Es decir, pueden elegir entre reproducirse de forma sexual o asexual, gozando de las ventajas de las dos formas de reproducción. Los ciclos reproductivos de muchas plantas son a veces muy complicados, alternando etapas de reproducción sexual y asexual. También otros organismos, como los hongos o algunos animales, poseen esta característica.
En el caso de las bacterias, la reproducción es preferentemente asexual. Un único ejemplar bacteriano, colocado en un caldo de cultivo adecuado, puede dar lugar a miles de millones de descendientes idénticos en el plazo de unas cuantas horas; como si se tratara de auténtica clonación a escala industrial. Sin embargo, también las bacterias pueden "tener sex"o, e intercambian a veces material genético interesante con otras bacterias, de la misma especie o de especies diferentes. Este proceso, conocido como conjugación, es imprescindible para aportar la diversidad genética necesaria para la supervivencia en la competitiva jungla de los microorganismos.
Clones animales
De los aproximadamente 2 millones de especies animales que han sido descritas por los biólogos, sólo alrededor de 2000 se reproducen habitualmente de forma asexual. Y una de cada mil no es precisamente una alta proporción. A la vista de estas cifras, los biólogos se han preguntado por qué la mayoría de los animales ha elegido una forma de reproducción sexual para perpetuar su especie.
Los estudios han revelado que la principal ventaja de la reproducción sexual es aportar diversidad genética a la descendencia. Durante la formación de las células reproductoras, los cromosomas sufren un auténtico proceso de barajado , que hace que los genes se mezclen, de forma que la dotación genética de cada individuo que nace por medio del sexo, es única e irrepetible. La diversidad genética que aparece de este modo en la población confiere dos ventajas principales: la resistencia frente a parásitos y la eliminación de los genes con mutaciones defectuosas. Recientemente, biólogos de la Universidad de California demostraron que, además, la reproducción sexual permite fijar más rápidamente las mutaciones que resultan beneficiosas, actuando como un auténtico acelerador de la evolución.
Conociendo estos datos resulta difícil entender por qué miles de especies de animales se reproducen de forma asexual, mediante "clonación natural" (que en el caso de los animales recibe el nombre de partenogénesis). Y es que, dadas las enormes ventajas del sexo, cabría esperar que las especies que han decidido retornar a un modo de reproducción asexual no fueran otra cosa que un callejón sin salida evolutivo, sometidas a agresiones de parásitos y a la continua degeneración de su propio código genético, condenadas a desaparecer tras unos pocos millones de años. Los biólogos no se explican cómo especies animales, como los rotíferos bdeloideos , unos minúsculos crustáceos, han permanecido evolutivamente estables durante al menos 40 millones de años, reproduciéndose exclusivamente por clonación, e incluso han tenido oportunidad de diversificarse (existen 360 especies de rotíferos bdeloideos). Otras estirpes animales con enorme éxito evolutivo, como los pequeños camarones del género Artemia o los omnipresentes pulgones de nuestras macetas (áfidos), también se reproducen casi exclusivamente de forma asexual.
El éxito reproductivo y evolutivo de los pulgones está bien estudiado. La mayoría de las especies de pulgones poseen los dos modos de reproducción, y los saben aprovechar muy bien. Cuando una hembra solitaria llega hasta una zona de abundante comida (por ejemplo, una jugosa lechuga), no tiene tiempo que perder en encontrar un macho adecuado con el que reproducirse, así que comienza a producir frenéticamente huevos por partenogénesis, copias de sí misma, que se desarrollan a elevada velocidad, de forma que en un par de días han aparecido mil o dos mil clones idénticos al pulgón original, que dan buena cuenta de la abundancia de comida. Hay que aprovechar las buenas oportunidades. Sin embargo, cuando la comida escasea, las hembras de pulgones adoptan otra estrategia completamente opuesta, y dan origen a descendencia sexuada, algunos machos y algunas hembras, con lo que da comienzo un ciclo de reproducción sexual, que produce descendencia con modificación, en forma de huevos que pueden permanecer latentes durante meses, a la espera de que retorne la época de las vacas gordas. Así, los áfidos gozan de lo mejor de los dos mundos, sin renunciar a nada. No es de extrañar su enorme éxito evolutivo. Todos los pulgones presentes en una única maceta de nuestro balcón, o incluso puede que en todas las plantas del jardín, son en realidad un único clon y comparten una misma herencia genética. Es difícil que un depredador o un desastre natural acabe con todos ellos a la vez, por lo que las posibilidades de sobrevivir que posee este único "individuo evolutivo" son muy altas. Ventajas añadidas de la clonación.
Laurence Hurst, de la Universidad de Bath, especialista en evolución del sexo, opina que quizás algunos animales considerados como asexuales posean, en realidad, una reproducción sexual que haya pasado inadvertida hasta ahora. "Después de todo, ¿con qué frecuencia podemos ver a los humanos reproducirse? Si un biólogo marciano nos estudiara, posiblemente llegaría a la conclusión de que somos asexuales", comenta el investigador. Cita el caso de una cochinilla, un insecto parásito de los árboles, cuya especie se consideraba compuesta únicamente por hembras partenogenéticas, y resultó finalmente poseer machos degenerados, "minúsculas cositas que viven pegadas a las patas de las hembras". No obstante, Bill Kirby, investigador de la Universidad de Arizona, ha demostrado que, al menos en el caso de los rotíferos bdeloideos, el genoma presenta signos de haber llevado un modo de vida asexual durante millones de años.
Los gemelos golpean dos veces
Los rotíferos y los pulgones están muy bien como curiosidad, pero al fin y al cabo, todos los estudios con otras especies nos interesan, sobre todo, en la medida en que podamos aplicar sus resultados a nuestra propia especie. Lo que más llama nuestra atención sobre el tema de la clonación es la posibilidad de trasladarla al ser humano.
Cuando se habla de clones humanos, la mayoría de la gente tiene en mente algo parecido a lo que se muestra en la película "El Sexto Día". El clon de Arnold Schwarzenagger tarda unos veinte minutos en crecer, y tiene exactamente el mismo aspecto que el original. Incluso, mediante una transferencia informática, el clon posee exactamente sus mismos recuerdos y pensamientos. Esta es la inquietante posibilidad que turba a cualquiera, y frente a la que existe una completa y justificada oposición.
Sin embargo, este relato es pura ficción. Su argumento se basa en una falsa y antigua concepción de la genética, según la cuál los organismos no son otra cosa que lo que esté escrito en sus genes. En realidad, el aspecto o el comportamiento de un organismo, como hoy sabemos, es el resultado de una compleja interacción entre los genes y el ambiente en el que ha crecido y se ha desarrollado este individuo, una historia que comienza ya en el útero materno, desde el mismo momento de la fecundación. Sus pensamientos, en el caso de nuestra especie, son el resultado, además, de una historia cultural y una educación.
Estas ideas no son meras conjeturas, sino que están respaldadas con hechos experimentales. Ningún científico ha clonado, hasta ahora, a un ser humano completo, pero la naturaleza nos ha proporcionado, desinteresadamente, muchos casos de clones humanos exactos: los gemelos univitelinos. En efecto, los gemelos no son otra cosa que clones naturales, producidos mediante la técnica de división embrionaria en los primeros estadios de crecimiento, una técnica que también puede aprovecharse para la clonación artificial. Y no resulta infrecuente, ya que ocurre una vez de cada 250 nacimientos. En este caso, se trata de un experimento natural, cuyos resultados nos dan una idea de lo que ocurriría si clonáramos a una persona.
Salta a la vista que los gemelos se parecen. Pero esto no sólo se debe a que compartan los mismos genes. En casi todos los casos, los gemelos han sido criados en las mismas condiciones, y han compartido ambiente, alimentación y educación. Han recibido los mismos estímulos, han sido vestidos con ropas idénticas, han visto los mismos programas de televisión y han jugado a los mismos juegos. No es extraño que el producto final sea muy parecido. Y aún así, cada gemelo es un individuo completo y distinto, con diferentes pensamientos, en ningún caso copias exactas. Razón por la que, precisamente, no solemos pensar en ellos como "clones".
El diferente grado en que los genes y el ambiente influyen sobre el resultado global está sometido a una gran controversia. Para abordar científicamente el asunto, es necesario separar uno del otro, es decir, criar a la pareja de gemelos univitelinos por separado, en ambientes completamente distintos, y observar el resultado final. Aunque no es muy frecuente que unos gemelos sean separados desde el nacimiento, sí se han podido estudiar algunos casos, y los resultados han sido bastante sorprendentes.
En 1979, el psicólogo estadounidense Thomas Bouchard publicó el estudio más famoso de este tipo, con 60 pares de gemelos separados en la infancia. Había casos para todos los gustos. En un lado del espectro, estaban los gemelos James Springer y James Lewis que, tras haber sido separados un mes después de nacer, compartían gustos, aficiones y vicios (bebían y fumaban las mismas cantidades diarias). Se habían casado con mujeres llamadas ambas Linda, de las que se habían divorciado, tras lo cuál se casaron en segundas nupcias con sendas mujeres llamadas Betty. En el lado opuesto, estaba el caso de Oskar Stohr y Jack Yufe, nacidos en Trinidad y Tobago. Oskar fue criado en una familia católica alemana, y se unió al partido nazi. Jack permaneció en el Caribe, fue criado por una familia judía, y vivió durante muchos años en Israel. No es lo que uno podría esperar de una pareja de clones.
Bouchard, un defensor de la importancia de la genética, prestó mayor interés a las semejanzas que a las diferencias, pero hoy en día se ha dado la vuelta a sus conclusiones. Un análisis minucioso de sus resultados nos dice que, a pesar de las coincidencias casuales, como la pareja Springer-Lewis, la mayoría de los pares de gemelos del estudio ni siquiera se parecían entre sí.
La investigación que el equipo de Lindon Eaves, de la Universidad de Virginia, está llevando a cabo en la actualidad es mucho más ambiciosa. Eaves ha reunido una base de datos con 15.000 pares de gemelos (la mayor base de datos de este tipo en el mundo), algunos de ellos criados por separado, mientras el resto -la mayoría- han crecido juntos. Sus estudios también comparan el comportamiento de los gemelos clónicos con el de las parejas de mellizos, es decir, hermanos que han sido criados juntos, pero que no comparten los mismos genes, con objeto de conocer qué elementos de nuestro comportamiento poseen una mayor base genética y cuáles están más influidos por el aprendizaje y el ambiente. Los resultados de Eaves acerca de distintas facetas del comportamiento muestran que, incluso los gemelos univitelinos que han sido criados juntos, comparten únicamente alrededor de un 50% de las facetas conductuales estudiadas. Cada "clon" es un individuo único e irrepetible, con una historia de vida diferente, independientemente de que partan de la misma base biológica.
A pesar de las películas de ciencia-ficción y de la controversia generada por los supuestos planes de algunos millonarios, los clones reales están muy lejos de ser copias idénticas del original. Por mucho que seamos capaces de descifrar el genoma, y de multiplicar embriones a nuestro antojo, la naturaleza humana parece ser mucho más complicada que unos cuantos miles de millones de pares de bases nitrogenadas.
Autor: Owen Wangensteen | 2002