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TOMA LA PALABRA...

... José Ignacio Cubero Salmerón

La secuenciación del genoma humano está siendo, y va a seguir siéndolo, una caja de sorpresas. Que nos parezcamos tanto a chimpancés y gorilas no le hacía ya gracia a mucha gente: que cómo es posible, que si la evolución es cosa de ateos, y razones semejantes.


Ahora resulta que somos monos transgénicos...

La secuenciación del genoma humano está siendo, y va a seguir siéndolo, una caja de sorpresas. Que nos parezcamos tanto a chimpancés y gorilas no le hacía ya gracia a mucha gente: que cómo es posible, que si la evolución es cosa de ateos, y razones semejantes. Lo de que San Francisco de Asís dijera del "hermano lobo", "hermano zorro" no se tomaba más que como un signo de lo bueno que era el pobrecito de Asís. Los biólogos, sin embargo, habían coincidido con él: todas las ideas evolutivas, sean cuales sean los mecanismos con los que expliquen la evolución, han partido siempre del hecho de la unidad familiar, esto es, de origen, de los seres vivos, también basados, como el santo de Asís, en una gran intuición puesta siempre en tela de juicio con excomuniones incluidas (y no sólo de la Iglesia romana) y escándalo social.


Ahora, con la demostración en la mano de la enorme similitud que todos tenemos en nuestros mensajes hereditarios, no se sabe lo que van a decir. La demostración es que somos una especie más en esta Tierra, con no tantos genes de diferencia con organismos tan sorprendentes como un gusanito del tipo de las lombrices intestinales, una mosca minúscula, e incluso como las levaduras y las plantas. Compartimos gran cantidad de genes con ellos. Somos de la misma familia. Somos hermanos.

Bajo ese punto de vista, absolutamente real, somos casi hermanos gemelos de los grandes monos, pues el grado de semejanza de nuestras respectivas informaciones hereditarias pasa del 99.9%. En el 98% se cifraba antes de la secuenciación del genoma humano; nos hemos acercado dos puntos más. Si un extraterrestre observara esa diferencia, diría: "he ahí dos personas idénticas". Y si un humano comparara las secuencias de unos y otros en un ordenador, como hacemos con plantas y animales en Botánica y Zoología, su conclusión sería la misma.

Tales resultados pueden producir distintas reacciones. Una de ellas, a semejanza de lo que ha ocurrido en casos recientes con las plantas transgénicas o con la clonación en animales y humanos, será: "¡esto hay que prohibirlo hasta que se esté seguro!", es decir, hasta que los políticos entiendan lo que está pasando, o sea, nunca. Nuestros políticos, particularmente, estarán a la cabeza de tal manera de pensar; de hecho, ya lo están: han prohibido grandes logros sin ton ni son y ni han participado ni participarán en estos avances. ¡Que inventen ellos! Nosotros, como añadía Unamuno en su ensayo, lo sabremos utilizar. Se le olvidó en el tintero no sólo "y pagar por el uso", sino algo más: el que descubre, no sólo usa lo que inventa, sino que aprende a dominar la técnica y a crear nuevas avenidas en el conocimiento de la Naturaleza. Es importante ir a Marte, pero más importante aún es haber creado la tecnología con la que se va a Marte. Nosotros podremos ir al planeta rojo algún día, pero llevados. Podremos secuenciar los genomas del olivo y de la vid, pero no estuvimos en el diseño del proyecto ni en la creación de las tecnologías genéticas, bioquímicas, físicas y computacionales que han hecho falta para tal menester.

Y veremos si vamos a estar en la explotación de resultados, porque tendremos que pagar en buenos euros. Que nadie se llame a engaño: las organizaciones, públicas y privadas, que han participado en este descubrimiento se resarcirán del coste de la operación, unas más y otras menos. En estos tiempos en que vivimos, la gloria pura y simple le basta al científico puro si queda alguno (primum vivere decían los romanos), pero no a las organizaciones que le permiten trabajar. Claro que, pensarán algunos, "¿para qué sirve todo eso? ¿para saber que no soy más que un mono? No me interesa."

Pero, claro, la información generada sirve para mucho más, supuesto que el mero conocimiento científico no parezca suficiente. De ahí saldrá una nueva manera de entender la Medicina, la Farmacia y la Agricultura, las tres Ciencias en su sentido más amplio. Los profesionales correspondientes ya se pueden ir preparando. Los profesores, incluso los de Primaria, también, porque todo esto habrá que explicarlo en clase.

Y habrá que incluir algo, digo yo, en el curriculum de los filósofos puros, porque el conocimiento que se deriva de lo que ya se sabe afecta profundamente el concepto de naturaleza humana. Habrá que saber en qué nos diferenciamos de los demás, porque diferencias hay, eso salta a la vista, en qué radica lo que constituye el ser del hombre, cuál es su posición real en el mundo en que vive, cuál debe ser su comportamiento con los demás seres, tan cercanos a él, cuál el que debe adoptar con los hombres de otras "razas", porque, figúrense, si hombre y mono son como especies gemelas, ¿qué serán las razas entre sí?. Ya no va a bastar decir "esto es malo", como con las plantas y animales transgénicos, los primeros productos de este nuevo conocimiento biológico, sin dar razón de por qué es tan malo, que no lo es y ahora se demuestra por qué no lo es: un individuo transgénico no tiene más que un trocito de información hereditaria de un hermano suyo, colocado, eso sí, por el hombre.

La posición del hombre en el mundo... Bien, ahora parece claro que hemos de respetar lo que nos rodea, de conservarlo cuidadosamente, y no por un espíritu religioso como haría San Francisco, ni por una idea romántica, como los conservacionistas a ultranza que dicen que todo debe quedarse como está. No; con la óptica del más puro mercantilismo, hemos de respetar lo que tenemos a nuestro alrededor y favorecer su existencia, puesto que, a causa de la similitud de información genética que llevamos dentro unos y otros, y a causa también de que el hombre ha aprendido a pasar esa información de un hermano (o primo) a otro, todo ser vivo es recurso natural de cualquier otro ser vivo. Así pues, Hay que mantener lo que tenemos a nuestro alrededor aunque sea por el más acendrado egoísmo humano. El movimiento conservacionista alcanza, así, un fortísimo fundamento científico en basándose en dos razones: el conocimiento sobre el genoma y la posibilidad de conseguir pasar genes de un individuo a otro, cualesquiera que estos sean.

Por cierto: entre las observaciones ya publicadas en estos días, se ve que nuestro ADN, el humano, lleva una buena cantidad de "basura", esto es, de información inútil o fragmentaria. Parte de esa "basura genética" resulta estar formada por trozos de ADN de virus e incluso de bacterias que se nos introdujeron (a nosotros o a alguno de nuestros ancestros) en algún momento y ahí se quedaron, pasando ya mecánicamente de generación en generación, como esas fotos viejas que nos dio nuestra madre diciendo que se las dio la suya y que eran de su abuela y que no sabe qué hacer con ellas. Resulta, pues, que tenemos en nuestro ADN genes o trozos de genes de otros organismos. Algunos parecen inservibles; otros, ya se verá. El caso es que somos transgénicos, monos transgénicos. Con las normas que emanan de nuestros parlamentos españoles, autonómicos y nacionómicos, nos tendrían que prohibir o, por lo menos, colgarnos una etiqueta: "¡ojo! Organismo transgénico, prohibido su uso!".

Pero como los políticos también se la tendrían que colgar, esta iniciativa está condenada al fracaso. Como también lo está, mucho me temo, la de que los responsables de la nación (¿o la nuestra es Nación?) se interesen de una vez por la Ciencia.

Autor: Jose Ignacio Cubero Salmerón. Presidente de la Sociedad Española de Genética. | 2001

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