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... Orestes Cendrero
La humanidad se ha relacionado con el océano y servido de él y de sus recursos desde tiempos muy remotos. Los pueblos prehistóricos asentados en las regiones costeras ya capturaban animales marinos como comida y para fabricar utensilios; a partir de las primeras edades históricas el mar se ha usado ininterrumpidamente, además de como fuente de alimentos, como vía de comunicación y comercio, campo de batalla, lugar de esparcimiento y vertedero de toda clase de desperdicios.
Efectos de la relación humanidad-océano: pasado, presente y futuro
Los efectos de tan diversas actividades sobre los océanos han sido insignificantes hasta hace muy poco tiempo. La explotación de los recursos vivos no los hacía disminuir gracias a su abundancia y su gran capacidad de regeneración , motivo de la curiosa teoría de que si los peces no se devoraran entre ellos terminarían por no caber en el mar . La capacidad de autodepuración del agua marina eliminaba con gran rapidez los desechos que se arrojaban a ella, en su mayoría materiales orgánicos fáciles de degradar. Las estructuras portuarias civiles y militares afectaban a muy pequeños puntos del litoral, en general bastante alejados entre sí, y el uso recreativo del mar ha sido ínfimo hasta bien entrado el siglo XX. Por lo tanto, se le consideraba inagotable en todos sus aspectos y tanto su uso como el de sus recursos se tenían por ilimitados.
La aplicación de la máquina de vapor a la navegación, y por tanto a las embarcaciones pesqueras, en la segunda mitad del siglo XIX empezó a hacer cambiar estas ideas. La potencia de las flotas se multiplicó enormemente; ya no eran barquitos de remo y vela cuyas redes se maniobraban a mano, que se alejaban del puerto unas horas y volvían con unos pocos quintales de peces, sino barcos grandes, con varios días de autonomía, con las maniobras de pesca mecanizadas, que capturaban toneladas en pocos días; debido al consiguiente y vertiginoso aumento de la mortalidad de las especies explotadas, los científicos no tardaron en percatarse de que no eran tan inagotables como se creía. En los primeros años del siglo XX los biólogos marinos británicos identificaron un fenómeno que se estaba produciendo: la explotación de algunos recursos empezaba a exceder la capacidad de renovación de éstos; al fenómeno lo denominaron sobrepesca, término de triste actualidad hasta nuestros días.
El crecimiento de la industria, del parque automovilístico y de la navegación aérea, y la sustitución de las máquinas de vapor por motores Diesel o de gasolina, procesos especialmente acelerados después de la primera Gran Guerra, originaron la necesidad de abastecer de energía barata y abundante a los países que la consumían; como consecuencia se desarrolló el transporte marítimo de petróleo, que pronto trajo las secuelas de los pequeños derrames de crudo. Aunque no daba la impresión de que pudieran producir ningún perjuicio, ciertos investigadores percibieron pronto el peligro para la vida marítima que representaban; así, Odón de Buen, fundador y primer director del Instituto Español de Oceanografía y delegado español en el Consejo Internacional para la Exploración del Mar , propuso en la reunión anual de éste en 1928 que se empezaran a estudiar los efectos del petróleo derramado en el mar. ¡Treinta y nueve años antes de que se produjera la primera marea negra de la Historia!
Algo semejante sucedía con los residuos industriales y urbanos que llegaban al mar directamente o por los ríos; según se ha dicho más atrás, la mayor parte de esos residuos era materia orgánica biodegradable, en general con bajísimo contenido de productos químicos, por lo que sus efectos eran inapreciables o pasaban inadvertidos. Por otra parte, se desconocían los perjuicios que podían causar sustancias como los metales pesados y los hidrocarburos, y en todo caso se seguía confiando en la capacidad depuradora del océano. Todavía hace poco más de treinta años había quien opinaba que el mar puede digerir cualquier cosa, excepto los plásticos, y que solo es cuestión de tiempo que pueda con ellos también.
La explosión demográfica de la segunda mitad del siglo actual, con sus consecuencias de demanda de recursos de todo tipo y de presión sobre el océano y el litoral como soportes de estructuras (ciudades, vías de comunicación, puertos, etc.) y receptores de desechos, ha echado por tierra todas estas creencias; en muy breve tiempo se ha puesto de manifiesto que los tipos de actuación tenidos por buenos durante siglos, basados en la idea de que el mar aguanta todo, han llevado a una situación poco halagüeña. Las viejas sospechas de que los recursos pesqueros podían agotarse se confirmaron con la evidencia de que la mayoría de las pesquerías están al borde de su capacidad de producción o sobreexplotadas, algunas casi desaparecidas (arenque del mar del Norte, bacalao del noroeste del Atlántico), y varias especies de cetáceos a punto de extinguirse. Las mareas negras han demostrado la fragilidad de los ecosistemas marinos y el intenso transporte marítimo de ciertas mercancías, a veces en condiciones de seguridad más que deficientes, causa accidentes que arrojan sobre las costas miles de toneladas de petróleo o de otros contaminantes, a lo que se une la limpieza de tanques y los residuos de todo tipo que se suelen tirar desde los barcos, que a su vez pueden provocar otros accidentes (por ejemplo, el choque con maderos o la pérdida de gobierno de embarcaciones que enganchan con sus timones o hélices pedazos de redes desechadas). Vertidos urbanos e industriales han originado casos tan clamorosos como las intoxicaciones debidas a vertidos de mercurio en la bahía de Minamata (Japón) o los brotes de cólera en Italia por consumo de mejillones contaminados con aguas fecales, a pesar de lo cual todavía se vierten desechos al océano sin adoptar ninguna precaución.
Por si todo esto fuera poco, la construcción y la ampliación de puertos comerciales, militares y deportivos han acabado con considerables extensiones de estuarios, rías y marismas, haciendo disminuir de modo importante la particularmente intensa producción biológica de esas zonas , con el consiguiente empobrecimiento de los ecosistemas de las plataformas costeras adyacentes, que se ven privadas de grandes aportes de materia orgánica; eso sin contar las playas que ha habido que clausurar temporal o permanentemente a causa de la contaminación.
Así las cosas, ¿qué se puede esperar en el futuro? Temo que cualquier previsión a medio o largo plazo resulte equivocada, como lo han sido muchas de las que se han hecho en otros órdenes. La primera palabra de cualquiera de ellas es siempre la condicional "si", y ese "si" puede evolucionar en cualquier sentido. Cierto que "si" se mantienen las tendencias actuales, el futuro es muy poco esperanzador, pero "si" cambian podremos tener al océano a nuestro servicio sine die. ¿Cómo saber cual de los dos "sies" prevalecerá?
Creo que hay razones para ser moderadamente optimistas, porque algunas de las tendencias negativas empiezan a invertirse debido a que se extiende muy deprisa a todos los niveles el convencimiento de que el insustituible patrimonio de los mares y sus recursos no se puede seguir despilfarrando, y los organismos nacionales e internacionales competentes están tomando medidas cada vez más estrictas para protegerlo. Se dispone de medios materiales e instrumentos legales para evitar toda clase de vertidos nocivos desde los núcleos urbanos, industrias y embarcaciones, y aumenta sin cesar el rigor con que se aplican. El desarrollo de la acuicultura, que proporciona más de la tercera parte de los alimentos de origen acuático del mundo, hace disminuir la presión sobre las pesquerías y ayuda indirectamente a conservarlas; por otra parte, se conoce con gran aproximación la producción máxima sostenible de casi todas ellas y se han establecido cupos de capturas que no la rebasen, lo que permitirá su explotación indefinida. Nada de esto tendrá efectos inmediatos, desde luego, pero augura un futuro mejor.
La humanidad siempre ha sabido sacar provecho de hasta de las circunstancias más desfavorables; incluso el horror inigualable de las dos guerras mundiales ayudó (a altísimo precio, ciertamente) al progreso de la ciencia y la técnica y, a la postre, de la calidad de vida. Un refrán castellano dice que no hay mal que por bien no venga. Confiamos en que los males que hoy sufre el océano serán bienes en un mañana no muy lejano.
Autor: Orestes Cendrero. Centro Oceanográfico de Santander. Instituto Español de Oceanografía. | 2000