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Así en el cielo como en la Tierra
Cuevas prehistóricas como la de Lascaux (Francia) o la de Altamira (España) han acaparado durante siglos la atención de los científicos, en especial en torno a sus pinturas de animales. Sin embargo, entre los cuerpos de estos seres, trazados sobre las paredes, existen signos y formas no menos importantes, muchas veces cargadas de misterio y de difícil interpretación. Sobre ellas, así como sobre los monumentos escultóricos y arquitectónicos del hombre primitivo, han centrado sus investigación multitud de científicos. En muchas de esas figuras han hallado el reflejo de unos elementos de la naturaleza que no pasaron inadvertidos a nuestros antepasados y que marcaron su vida, sus costumbres y su cultura: los cuerpos celestes.
La biotecnología, la genética, la medicina, las telecomunicaciones o la informática son disciplinas de moda, de las que todos hemos oído hablar y sobre la que nos bombardean a diario con nuevas noticias los medios de comunicación. Pero dentro de la diversidad de la ciencia existen también científicos que trabajan en otros temas más alejados de nuestro conocimiento. Un claro ejemplo son los llamados arqueoastrónomos, paleoastronónomos y etnoastrónomos. Valiéndose de los vestigios de civilizaciones antiguas, estos investigadores estudian cómo fueron los principios de una ciencia, la Astronomía, que puede considerarse como una de las primeras en la historia del ser humano, y manifestación clave del pensamiento de nuestros antepasados más lejanos.
El hombre primitivo y la astronomía
Tras el nacimiento de la Astronomía como ciencia subyace una necesidad clara de los primeros hombres: la de predecir y conocer con antelación cómo va a evolucionar la Naturaleza. Esto les permitía organizar su vida y su trabajo, y poder asegurar su subsistencia. Por ello, las antiguas civilizaciones trataron de encontrar una relación entre lo que sucedía en los cielos y lo que ocurría en la Tierra. En sus primeros pasos, la Astronomía se vio muy mezclada con la astrología, ya que la relación de aquellos pueblos con los cuerpos celestes estuvo profundamente marcada por su cultura y sus creencias mítico-religiosas.
El primer astro en el que se fija el hombre primitivo es el Sol. La salida y la puesta en el horizonte de la gran esfera solar marcaban la separación entre el día y la noche, mientras su ciclo hacía variar las temperaturas y, con ellas, los ritmos climáticos y biológicos. Esto obligaba al hombre a cazar, cosechar, recolectar y almacenar provisiones en determinados momentos, para asegurar su supervivencia con la llegada de la estación fría. Así, para aquellos individuos el cielo se convierte en una herramienta fundamental para ubicarse en el tiempo, pero también en el espacio. El lugar donde el sol aparecía y se ocultaba les permitía la orientación, marcando la distinción entre el Este y el Oeste, entre el Levante y el Poniente.
Dos fenómenos o momentos astronómicos solares estuvieron especialmente presentes en la mayoría de las culturas conocidas: los solsticios y los equinoccios. Los solsticios de verano e invierno designaban los dos puntos que indican los lugares extremos de salida o puesta del Sol a lo largo del año. Es decir, el Sol no salía más al sur ni más al norte. Ambos momentos marcaban el inicio de una nueva etapa, de una nueva 'estación'. Así, el solsticio de verano era el momento astronómico más celebrado por las civilizaciones antiguas, con distintos rituales según su cultura y religión. En el hemisferio norte corresponde, en nuestro calendario actual, al 22 de Junio.
Por el contrario, se llamó equinoccio al momento en el que el sol sale y se pone exactamente en el Este y en el Oeste (equinoccios de Primavera y Otoño). En estos días, situados en el punto medio temporal entre los solsticios, el día y la noche tienen la misma duración.
La grandeza y la luz del Sol ha sido reemplazada noche tras noche a lo largo de la historia por la no menos fascinante luna, a veces totalmente oculta. Los cortos ciclos de este astro, con sus distintas fases -creciente, llena, menguante y nueva-, despertaron el interés de los atentos observadores del cielo prehistórico. Además, si el Sol había condicionado la actividad agrícola, el conocimiento de la luna, responsable de las mareas, fue igualmente importante para los pescadores. Varios miles de años antes de Cristo, los hombres trazaban mapas de los ciclos lunares y otros elementos de la bóveda celeste antes de conocer siquiera la escritura. Algunos de estos primeros 'apuntes' de Astronomía han llegado hasta nuestra era en forma de grandes monumentos de piedra, de grabados en rocas y huesos o de símbolos y figuras pintadas en las paredes de las cuevas.
La división del tiempo según el ritmo cíclico de los astros llevó a la creación de calendarios que marcaron también el ritmo y las costumbres sobre la Tierra. De los pueblos de la antigüedad fueron probablemente los egipcios los primeros en conocer la duración del año solar. Aunque sus primeros calendarios eran lunares, hacia el 4.200 a.C. establecieron el primer calendario solar de 365 días que se conoce. La necesidad de un calendario apropiado surgió, precisamente, con la aparición de la civilización agrícola en el Valle del Nilo, que exigía conocer de forma precisa las fechas de desbordamiento del río. Su calendario se basó entonces en la observación que la estrella Sirio, la más brillante de la bóveda celeste, precedía justamente al Sol en el amanecer cada 365 días, apareciendo por el Este. Esta localización de Sirio se correspondía con las crecidas del río Nilo. Además, el período de 365 días coincidía con el transcurrido entre dos solsticios de verano.
También de la relación del hombre con el cielo surgirían los 12 meses, no sólo por la observación de los ciclos lunares, sino también por otras aportaciones de los babilonios. Este pueblo ideó el sistema sexagesimal y dividió el cielo en 12 regiones y constelaciones para su estudio, sirviendo también de base para configurar el año en 12 meses. Las cuatro fases de la luna les llevaron a dividir el mes en 4 períodos de 7 días, que con el tiempo constituirían las semanas.
De los orígenes del calendario solar egipcio se extrae la evidente relación de las civilizaciones antiguas también con cuerpos celestes más pequeños que la luna o el sol, como las estrellas o los planetas. De esto último encontramos un ejemplo en Venus y la importancia que concedieron los Mayas a este planeta, brillante y cercano al nuestro. Las construcciones que se han conservado de esta civilización muestran una especial fascinación y dependencia frente a Venus, del que conocían sus ciclos y puntos extremos en el horizonte.
Atrapar la luz de los astros
En distintos rincones del mundo, los investigadores y exploradores han hallado yacimientos en los que las antiguas civilizaciones dejaron constancia de sus actividades astronómicas. La Arqueoastronomía trabaja buscando posibles alineaciones de esos monumentos, edificios y restos arqueológicos con eventos astronómicos que pudieran ser significativos en la época en que se construyó el lugar, para intentar comprender más a fondo la cultura de las gentes que los construyeron. Para dar una definición precisa de esta disciplina, podemos tomar prestadas las palabras de Edwin C.Krupp, según el cual la Arqueoastronomía es "el estudio interdisciplinario a nivel global de la astronomía prehistórica, antigua y tradicional, en el marco de su contexto cultural, incluyendo tanto fuentes escritas como arqueológicas". En estrecha relación con ella se encuentran la Historia de la Astronomía y la Etnoastronomía, por lo que en los últimos años se tiende a emplear un término que engloba todos los estudios e investigaciones en los que se relaciona a la Astronomía con las ciencias humanas o sociales : "Astronomía Cultural".
En Europa los trabajos se han centrado, sobre todo, en el estudio de monumentos megalíticos prehistóricos. El primero en ser estudiado fue Stonehenge, una construcción en Wiltshire (Inglaterra) terminada, según los datos obtenidos, alrededor del 1800 a.C. Sobre este monumento centraron sus estudios los que han sido llamados "padres de la arqueoastronomía", comenzando por Norman Lockyer (1901) y terminando con Gerald Hawkins (1963) - más sobre la historia -. En esta construcción se encontraron alineaciones muy interesantes, como las correspondientes a la salida del sol en los solsticios de verano e invierno. Tras las piedras dispuestas en círculo de Stonehenge se escondía no sólo un centro religioso, sino también un observatorio astronómico, desde el que aquellos el hombre prehistórico podría haber investigado los fenómenos lunares, celebrado los cambios de estaciones e, incluso, predicho los eclipses solares y lunares. La precisión del conocimiento del sol por parte de los constructores de aquel monumento es una manifestación de la cultura de aquel hombre neolítico que habitó en Europa hace varios miles de años, así como de su sociedad, eminentemente agrícola.
Como herencia del mundo Maya y su relación con los astros se conserva, entre otros, "El Castillo" o "Templo de Kukulcán", una pirámide de 21 metros situada en Chicén Itza (México). En los días de equinoccio, la iluminación del sol sobre las mastabas sobre las cuales está construída la pirámide forma seis triángulos de sombra y siete de luz en las escalinatas del templo. creando la ilusión de una serpiente que desciende por sus paredes. Esta serpiente representaba para los mayas al dios Kukulcán, que cada año baja a la tierra anunciando un nuevo ciclo de vida: la Primavera. Pensaban que el equinoccio de primavera era una época en la que la Tierra, ser femenino, estaba preparada para ser fecundada por el ser masculino: el Sol. Y es en esta época en la que la naturaleza despliega todo su esplendor y colorido, es una época de luz y armonía donde comienza un nuevo ciclo de vida. Es por eso que esta civilización celebraba con gozo esta fecha, una tradición que aún se conserva en la sociedad mexicana.
Con anterioridad a los mayas encontramos la antigua civilización egipcia con sus grandiosas construcciones, muestra palpable de su dominio de la geometría, las matemáticas y la astronomía. Entre sus monumentos ocupa un lugar destacado el Templo de Abu Simbal, construido alrededor del 1250 a.C. y orientado hacia el este para dar la bienvenida al sol de la mañana. El templo fue construido de manera que 2 veces al año, cuando el sol salía por el horizonte, sus rayos penetraban por la puerta y tras proyectarse en la gran sala de ocho columnas, la segunda sala, el vestíbulo y el santuario iluminaba por completo las cuatro estatuas del nicho de la parte posterior.
Las construcciones aquí enumeradas son sólo algunos ejemplos de los monumentos que sirven a los arqueoastrónomos y etnoastrónomos para profundizar en la cultura de nuestros antepasados. Son monumentos al movimiento regular y predecible del universo que el hombre observó, con una mirada inteligente, desde que comenzó su vida en la Tierra.
Pintando el cielo
Junto al estudio de majestuosos monumentos como los ya descritos, los investigadores han centrado su atención en las figuras que, bien con pigmentos o con sus propias manos, trazaron los hombres prehistóricos sobre las piedras. Bien conocidas son las maravillosas imágenes pintadas en las paredes de cuevas como la de Lascaux, en el suroeste de Francia, con una antigüedad de unos 12.000 años. Entre las pinturas de siluetas de toros, ciervos y caballos se han encontrado formas y símbolos, en muchos casos de difícil interpretación. Michael A. Rappenglück, profundo conocedor de estas cuevas y miembro de la SEAC (Sociedad Europea para la Astronomía en la Cultura), ha interpretado algunos de esos trazos. En ellos ha hallado la constatación de lo que para el hombre del paleolítico significaron los cuerpos celestes. El último de sus hallazgos corresponde al que podría ser el calendario lunar más antiguo hasta ahora encontrado en las paredes de una caverna. Consiste en la representación de una serie de puntos, uno para cada uno de los días en que la Luna puede verse en el cielo, recogiendo el ciclo completo de 29 días de nuestro satélite. En el espacio correspondiente a la Luna Nueva aparece dibujado un cuadrado vacío.
Las evidencias de la existencia de un calendario lunar en el hombre del Paleolítico no son, sin embargo, una novedad. "En las últimas décadas - nos cuenta Michael Rappenglück - científicos como Alexander Marshack, Boris Frolov o Vitali Larichev han encontrado hasta cien indicios de calendarios lunares, solares y lunisolares en los depóstiso arqueológicos. Yo mismo -asegura - tengo restos de un hueso de mamut procedente de la Cueva alemana Geisenkloesterle, que analicé hace varios años [...] y muestra, precisamente, la constelación de Orión y parte de un calendario lunar", y al que señala como el calendario más antiguo conocido hoy. "Lo que convierte el descubrimiento de Lascaux en un hallazgo importante es que aquí el ciclo lunar está conectado con los animales y con su comportamiento", a través de las pinturas.
Según sus hipótesis, el caballo representado sobre una de las líneas lunares y el venado sobre la segunda son marcadores del tiempo y cuerpos celestes. Por ejemplo, "el venado está representado en la estación otoñal, entre septiembre y octubre, y el caballo simboliza el sol (el embarazo de este animal dura un año)".
El Doctor Rappenglück había advertido con anterioridad de la existencia de otra representación simbólica en Lascaux, que podría corresponder a una de las primeras constelaciones conocidas en la antigüedad y que recibe el nombre de Pléyades. Compuesta por seis estrellas visibles a simple vista en condiciones normales, el grupo de las Pléyades se sitúa en el cielo junto a la constelación de Tauro. De modo muy similar, los seis puntos de Lascaux interpretados como dicha constelación se encuentran dibujados sobre la silueta completa de un toro, a sus espaldas. Tomando la edad de la piedra, datada en unos 16.000 millones de años, y comparándola con los cálculos de las posiciones de estas constelaciones en aquella época, el investigador ha señalado la posibilidad de que la representación pictórica recogiese el punto en el que se situaba el equinoccio de otoño, que marcaba el paso a esta estación.
Fernando Atrio Barandela, experto en la materia y miembro del departamento de Física Teórica de la Universidad de Salamanca, sostiene que "la sugerencia de que también en las pinturas rupestres había un calendario lunar daría apoyo a que ya las primeras agrupaciones humanas estudiaban los ciclos del sol y de la luna, en mi opinión, con objeto de poder predecir las fechas de caza y siembra-recolección en las primeras civilizaciones. En este sentido -añade -, las ideas del profesor Rappengluck son muy sugerentes y nos indican que debemos buscar con más atención relaciones astronómicas en otros monumentos paleolíticos. De confirmarse esta hipótesis de trabajo, nos indicaría que la preocupación del hombre por conocer su entorno aparece ya con los primeros grupos humanos y es anterior al establecimiento de sociedades organizadas". Una preocupación que parece haber hecho al hombre alzar su vista al cielo desde el principio de los tiempos, para encontrarse a sí mismo en medio de un Universo al que no ha estado ajeno. Y cuyo ritmo ha marcado los ciclos de su existencia, así en el cielo como en la tierra.
Autor: Elena Sanz | 2000

